Implicaciones politológicas de las formas bolivianas de “hacer cola”

                                                                       Fernando Molina




Hacer cola es una actividad cotidiana. Cuando hacemos cola no pensamos en lo que hacemos, en su significado. Pero, ¿tiene significado?, ¿y cuál es éste?


Hacer cola es un comportamiento social, es decir, está determinado por reglas de conducta que no están escritas ni se han aprobado por medio de un procedimiento legal. Estas reglas, sin embargo, no carecen de autoridad, ya que la mayoría actúa conforme a ellas y quienes no lo hacen deben enfrentar las consecuencias de esta decisión, que en este caso son conflictos con los otros participantes de la cola o con quienes la han organizado con el fin de entregar ordenadamente bienes o servicios (en la farmacia, en el banco, en Starbucks). 


No es mi intención describir detalladamente las reglas involucradas en el acto de hacer cola. Solo quiero mostrar su relación con ciertos principios de organización, los cuales están vinculados, a su vez, con determinados valores o preferencias colectivas. Este es un hecho formal. Si lo llenamos de contenido, encontraremos que la mayor parte de las sociedades actuales, que son sociedades modernas, responden a reglas fundadas en el valor de la igualdad. (Y este es el gran tema de este texto: la igualdad moderna y su estado en Bolivia).


Si en determinada sociedad la igualdad es el valor que determina las reglas de distribución de bienes y servicios a la población, dichas reglas concederán el derecho preferente de reclamar dichos bienes y servicios a quienes lleguen primero al punto en el que estos bienes y servicios son distribuidos. Sin importar su condición social, toda persona que se encuentre antes en el punto de entrega tendrá el mejor derecho de reclamar el bien o el servicio que se reparta; la persona que llegue inmediatamente después, deberá colocarse detrás de la primera, y la siguiente, detrás de la segunda, etc. Este principio ordenador parece espontáneo y “natural”, pero no lo es. Se deriva de una preferencia social e, implícitamente, de alguna justificación de la misma, como la provista por el iusnaturalismo, el liberalismo u otras teorías igualitarias de la sociedad.



SUPERPOSICIÓN DE REGLAS Y DE VALORES

Hemos dicho que en principio nadie puede alegar una prerrogativa especial para no cumplir las reglas de formación de una cola. Así, este orden es la plasmación inconsciente de la preferencia colectiva por la igualdad. Ahora bien, cuando en nuestros días nos topamos con tal orden, no lo encontramos en este estado, por llamarlo así, “original”. Lo encontramos alterado a causa de la superposición, sobre el principio igualitario, de otros principios organizativos, los cuales responden a valores distintos del de la igualdad. En otras palabras, hoy el orden de formación de las colas depende de una combinación –conflictiva y competitiva– de diversos valores. 


Uno de estos valores adicionales es la compasión por los más débiles, que se plasma en la legislación destinada a proteger a los mayores, los padres acompañados de niños y las mujeres embarazadas, a los que se invita a pasar a los primeros puestos de la cola. 


Esta superposición de dos principios de organización distintos, el igualitario y el compasivo, no requiere de mucha explicación ni merece un gran cuestionamiento. Cosa diferente son las alteraciones al orden que provienen de una otra valoración de las sociedades modernas: la preferencia por la riqueza. O, podemos decir en este caso, la preferencia para la riqueza. En efecto, quienes cuentan con los recursos necesarios pueden comprar determinadas excepciones al orden igualitario. Adquieren entonces privilegios tales como poder registrarse en un vuelo saltándose el orden de llegada al mostrador de la aerolínea (si tienen tickets de primera clase), o entrar directamente a los juegos en los parques de diversiones (si cuentan con entradas de cierto tipo).[3]

Para algunos autores, estos privilegios que se compran con dinero son inmorales (Sandel 2013). Ellos postulan la existencia de un vínculo directo, en las sociedades modernas, entre igualdad y moralidad. Deberemos recordar esta equivalencia en lo que sigue. 


Generalmente se tolera las excepciones al orden igualitario cuando no son especialmente diseñadas para discriminar: no son absolutas, sino posicionales. Por ejemplo, cuando favorecen a todos lo que son capaces de reunir el dinero necesario para comprar los privilegios que crean, sin importar el sexo, la raza o la proveniencia de los compradores, es decir, las características que estos no podrían cambiar de ninguna manera. En cambio, se prohíbe los privilegios de nacimiento, somáticos, etc. Un requisito adicional es que los privilegios se apliquen a bienes y servicios ilimitados o, mejor dicho, de producción flexible, como los vuelos aéreos o los paseos en montañas rusas, y no a bienes y servicios muy escasos, como el agua o los medicamentos o el acceso a órganos donados o a botes salvavidas. Como en este caso pueden afectar gravemente los derechos de los otros, no se los admite.


Como fuere, y aunque estemos acostumbrados a los privilegios para los ricos, estos son una anomalía en el orden social moderno y por esto generan polémica y en muchos casos requieren de regulación estatal.



LAS COLAS EN BOLIVIA

Hasta aquí hemos comprobado la existencia de una relación necesaria entre reglas, principios organizativos y valores. Si en una sociedad la regla de formación de las colas exige que quienes son de raza negra formen una en la parte de atrás y los de raza blanca otra en la parte delantera de un edificio, podemos derivar de ello un principio discriminador y un valor de superioridad racial. Siguiendo esta lógica, vamos a dotarnos de un método para nuestras indagaciones actuales, pasando de la observación de las peculiaridades de las colas a la determinación de los principios y valores de vigencia local.

Procedamos. Comencemos preguntándonos cómo se hacen las colas en Bolivia. El observador atento notará una diferencia respecto a otros países. Aquí las colas generan una tensión particular. O, mejor, quienes hacemos estas colas nos cargamos de esta tensión. No esperamos relajada y resignadamente, como ocurre en otras partes. Lo hacemos con ansiedad y con consciencia de lo que estamos haciendo. Prestamos atención. Sentimos agobio. Todos estas son actitudes relativamente peculiares. Quizá otros pueblos también las muestren, pero no la mayoría de ellos.

Demos algunos ejemplos de esta ansiedad de la que hablamos. Los bolivianos solemos formar líneas para abordar apenas vemos algún movimiento en el punto de chequeo de nuestro vuelo. En ocasiones el personal de la aerolínea debe recomendarnos que no lo hagamos tan pronto. Algunos piensan que esto se debe a nuestra inveterada inclinación a comerciar, llevar muchos bultos en nuestros viajes, y la consiguiente necesidad que tenemos de entrar al avión antes de que se llenen los compartimientos de equipaje. Sin embargo, lo que describimos ocurre en todos los vuelos, incluso los que no tienen ningún interés para los comerciantes. Además, si se observa las filas de abordaje es fácil comprobar que quienes van muy cargados son unos cuantos, mientras que todos los pasajeros muestran un comportamiento ansioso. Todos actúan como si los pocos que excedieron la cantidad permitida de equipajes de mano no pudieran ser detenidos por los oficiales de la aerolínea y además sus cargas tuvieran la capacidad potencial de ocupar todos los compartimentos existentes.


La ansiedad de la que hablamos se nota claramente en las filas que se mueven rápidamente, como las de salida de los aviones o buses, o, un ejemplo más importante, las líneas que forman los automóviles en el tránsito diario. En estos casos, quienes tienen el paso tienden a conservarlo sin pensar en las necesidades de los demás. Están ansiosos de seguir adelante y no ser detenidos por los demás. Este es uno de los principales factores que vuelve caótico el tráfico en las ciudades bolivianas. A falta de semáforo, los automóviles que llegan perpendicularmente a una calle determinada y quieren cruzarla o insertarse en ella, si quieren lograr que la hilera de coches que sigue esta calle se detenga, es decir, que algún conductor de esta hilera deje de avanzar y les dé paso, deben atravesarse de forma abrupta y peligrosa. Otro ejemplo: los coches llegan a una intersección y siguen avanzando incluso cuando existe la posibilidad de que no puedan seguir adelante y se queden atascados en tal intersección, impidiendo el paso de quienes vienen por las rutas perpendiculares. Estos conductores no pueden esperar ni un solo segundo, pese a que su comportamiento les resulta perjudicial a ellos mismos, al propiciar la “trancadera” o atasco general. ¿Por qué actúan así? Porque están ansiosos. Lo mismo que cuando, en otro caso, se encuentran en una cola frente a una luz roja y esta cambia a verde, y alguien tarda una fracción de segundo en arrancar; entonces no esperan ni un segundo para tocar bocina. Esta práctica se halla prohibida, pero no por eso resulta menos asidua. En general, el uso constante e indiscriminado de bocinas muestra claramente la ansiedad de los conductores bolivianos.


La ansiedad puede a veces presentarse como ensimismamiento. Puesto que un conductor no quiere que nada ni nadie le impida seguir su camino, entonces se desentiende de lo que los demás hacen: los ignora. El intercambio social, entonces, no se basa en el diálogo y la negociación entre distintas expectativas (uno quiere avanzar, otro girar, aquel estacionar, etc.), sino en la amenaza de colisión, única capaz de sacar a un conductor de su ensimismamiento, que en realidad es una máscara de la ansiedad.


Volvamos a las colas de peatones. También muestran ansiedad quienes se enojan con las personas que van delante suyo y, por distracción, no se mueven junto con quienes los anteceden, dejando un espacio vacío, que para los primeros parece ser peligroso. Pero, ¿cuál es este peligro? ¿Qué impide tener un comportamiento no ansioso, es decir, esperar al otro?


La explicación de todas estas actitudes aprensivas es la misma: la desconfianza. Estar ansioso es obviamente lo contrario de estar relajado, y uno se relaja cuando confía; a la inversa, se tensa o estresa cuando desconfía. ¿Desconfianza de qué, en todos estos casos? De varias cosas:


a)    Desconfianza de que los bienes y servicios alcancen para todos, que es un tipo de desconfianza propio de las sociedades pobres como la nuestra. En los buses no hay suficiente espacio y nadie va a encargarse de que este se distribuya equitativamente; por tanto, los que no logran poner su equipaje en los compartimentos tienen que llevarlo consigo todo el viaje. En muchos casos las reparticiones estatales no pueden ofrecer lo que las personas necesitan: suficientes pasaportes para todos los viajeros, para mencionar un ejemplo actual. En otros casos, la diferencia entre la oferta y la demanda es tan importante que se producen filas interminables, imitando las condiciones de la carestía, aunque esta no esté presente stricto sensu. Así ocurre en las oficinas estatales, sin duda, pero también en las consultas de médicos y otros profesionales liberales reputados. En estos ejemplos de real o percibida carestía, cada persona involucrada se impone el propósito de saltarse la cola de una u otra manera, y esto convierte el procedimiento en caótico o, mejor dicho, en arbitrario, generando ansiedad en todos los participantes. 


b)   Desconfianza de los demás. Miedo de que si dejamos un espacio vacío, alguien “se cuele” en él. De que si damos paso al vehículo que viene en sentido perpendicular a nosotros, los que vienen detrás de él no paren en reciprocidad. O de que los comerciantes que van en el avión o el bus se “agarren” todos los compartimientos del equipaje. Desconfianza, entonces, de que los demás no cumplan las reglas sociales establecidas. Una desconfianza que conduce a la ansiedad y esta, a una conducta personal anticipatoria: Puesto que los ‘contrabandistas’ que viajan conmigo van a llenar todos los compartimentos del equipaje, me apresuro a entrar en el avión, aunque no lleve nada; o como los ‘vivos’ van a hacer trampa y no respetarán la cola, entonces mejor no dejar un espacio vacío en ella, pues este podría facilitar su intención, etc. A la larga, esta conducta se convierte en la única adecuada. Alguna gente puede seguirla de forma reactiva, pero muchos otros lo harán de forma activa, ya sea porque no tienen conciencia de sus consecuencias negativas o porque se benefician personalmente de ella y por tanto no quieren cuestionarla. De anticipar que otros se “colarán”, muchos comienzan a hacerlo ellos mismos. A la larga, “colarse” se convierte en la conducta esperada de todos.


c)    Desconfianza del comportamiento de las instituciones. Todos pueden romper o alterar las reglas porque no hay un encargado claro y eficiente de hacerlas cumplir. El Estado es tan débil que no interviene en las interrelaciones o, cuando eventualmente lo hace, no ayuda a garantizar la igualdad. Mencionemos el ejemplo de los funcionarios que se niegan a entregar “fichas” o números a quienes esperan por alguna cosa, para que puedan hacerlo con más comodidad; o en los que sí reparten “fichas”, pero lo hacen sin método ni transparencia, contribuyendo a aumentar la desconfianza de los usuarios (que en ocasiones sienten la necesidad de seguir haciendo la cola pese a todo). Mencionemos también la falta de capacidad (o de voluntad) de la Policía para estar presente en las calles y ordenar el tráfico: ¿cómo uno puede relajarse si nadie está a cargo de que se respeten las reglas de circulación? Pero un ejemplo más interesante es este: Que a veces la intervención de la Policía en el tráfico puede ser aún peor, pues no hay garantía de que sus representantes actúen con imparcialidad (falta calidad en el Estado) y en cada ocasión es posible que se inclinen injustamente a favor de quienes poseen más recursos culturales y simbólicos, por miedo a su crítica, o, en cambio, a favor de quienes tienen una mayor semejanza social y étnica con los policías promedio y por tanto son también más respetuosos de su autoridad. (Este ejemplo nos da una clave explicativa de la desconfianza entre bolivianos: la heterogeneidad de estos, su fragmentación en muchas identidades étnicas. Volveremos a ello).


d)   Desconfianza del Estado respecto de la población. El Estado boliviano desconfía profundamente de la gente, como muestran tantos trámites que suponen que el único objetivo de los ciudadanos es engañar y delinquir, y entonces les exigen probar su buena voluntad anticipadamente. O en los que una entidad estatal desconfía de lo hecho por otra. O los funcionarios actuales, de lo realizado por sus predecesores; o los jefes, de los subalternos, etc. Los ejemplos son innumerables, porque la desconfianza estatal y de los miembros del Estado es ubicua. 


e)    Todas estas formas de desconfianza se vinculan entre sí; por ejemplo, el Estado tiende a creer que los ciudadanos van a engañarlo, porque estos, que a su vez desconfían de la integridad e imparcialidad del Estado, se defienden anticipadamente de éste tratando de sacar partido de la posición que ocupan (pongamos: las protestas de vecinos que exigen a su municipio que les entregue dinero público a ellos para que se hagan cargo de las obras; en estos casos, los vecinos desconfían de la ejecución de las obras por parte de la burocracia, pero al mismo tiempo quieren aprovecharse. Luego, y como el municipio también desconfía de ellos, no acepta hacer entregas directas, lo que, al mismo tiempo, le permite apropiarse del dinero público que está en juego  y darle un uso arbitrario, es decir, que no beneficia a los vecinos). Otro caso: los damnificados de un desastre natural, que desconfían de que las vituallas y alimentos que se ha comprometido a entregarles el Estado sean suficientes para todos (“desconfianza por carestía”) y entonces los roban o acceden a ellos sin respetar los turnos, lo que alimenta la desconfianza del Estado respecto a la integridad moral de la población, y así sucesivamente.



EL BLOQUEO DE LA IGUALDAD

Varias encuestas han encontrado que los bolivianos pensamos que “no respetamos a los demás”. Pero esto solo ocurre cuando los “demás” son nuestros compatriotas, pues cuando vivimos en países extranjeros solemos cumplir las reglas. Es como si confiáramos en los argentinos, los españoles o los estadounidenses, pero no en los bolivianos. Y, cuando estamos rodeados de ellos, dadas la suspicacia y las dudas sobre lo que harán, incurriéramos en un comportamiento ansioso y egocéntrico. 


Otra razón de esta disonancia entre el compartimiento que tenemos aquí y el de afuera es el nivel de institucionalidad en Bolivia versus el que se observa en el extranjero, y por tanto el respeto que nos merece el Estado de otros países, así como la capacidad de este para imponerse sobre todos los que viven bajo su égida, incluso sobre los desacostumbrados bolivianos.

Cuando falta el Estado, es decir, la coerción, el comportamiento social normal es el violento, pero esto no ocurre en Bolivia. Aquí se logra un equilibro espontáneo, y esto expresa que la colectividad adoptó ciertas reglas. Reglas que obviamente no son las que aparecen de manera formal en la legislación. Se trata de reglas “secretas” de las que rara vez la sociedad adquiere consciencia y que permiten el funcionamiento intrínseco de esta. Son, por así decirlo, reglas verdaderas; las que no aparecen en las normas, los idearios sociales o la moralidad predicada, sino solamente en los intercambios sociales prácticos y concretos, por ejemplo en la formación de colas.


¿Cuáles son estas reglas? Para responder, partamos de que en nuestro comportamiento real los bolivianos no nos reconocemos como iguales. No admitimos que los otros tengan los mismos derechos que nosotros mismos y nuestras familias, en especial si estos “otros” son conciudadanos lo suficientemente distintos de nosotros por razones étnicas, económicas o geográficas. Nos cuesta mucho reconocer a los otros bolivianos como prójimos. Y mientras “más otro” sea el otro, nos cuesta más. Confiamos más en nuestras familias, menos en nuestros vecinos, menos aún en nuestros conciudadanos y menos todavía en los forasteros. O confiamos más en los que son como nosotros, aquellos que fueron a nuestro colegio, los que tienen lazos amistosos con nuestras familias, los que pertenecen, por tanto, a nuestra identidad o estatus étnicos; a la vez, confiamos menos o nada en quienes no nos son naturalmente parecidos. Por tanto, los desigualamos. Desigualar: este es un acto inconsciente que se manifiesta en todas nuestras actividades, inclusive en hacer cola.  


Pero ahora veamos otros ejemplos de esta desigualación. Preguntémonos lo siguiente. Si normalmente la gente solo se casa o convive con quienes considera sus pares, entonces, ¿qué conclusión debemos sacar de la tremenda escasez de matrimonios y concubinatos interétnicos e interclasistas en Bolivia? O pensemos esto. Cuando un trabajador de origen indígena entra en una casa de clase media blanca y los dueños se esfuerzan hasta lo cómico para “no dejarlo solo” y mantenerlo bajo vigilancia, adoptan un comportamiento distinto al que tendrían con alguien de su propia etnia o clase social. Es obvio, entonces, que no lo consideran un igual.

Al menor conflicto o roce en las relaciones cotidianas entre bolivianos se producen agresiones que son más raras en otros contextos. Agresiones de tipo racista, que buscan enfatizar la diferencia social, subrayar que los unos no son iguales a los otros. El insulto preferido en estos intercambios es el de “indio de mierda”.


Sin embargo, la desconfianza y la falta de reconocimiento de los derechos ajenos se proyecta en todos los sentidos, no solo de arriba abajo. Recordemos que no es extraño que las organizaciones campesinas “prohíban” que los partidos políticos que no son de su agrado visiten el campo. ¿Qué hacen entonces? Muestran que para ellas los miembros de estos partidos, generalmente ciudadanos blancos y urbanos, no son iguales (no tienen los mismos derechos) que ellos. 

Algo que dice Guillermo Nugent (2012) para el Perú se aplica perfectamente a Bolivia: los grupos sociales y las personas no se definen o ganan prestigio por lo positivo que pueden hacer o decir de sí mismos, sino por su capacidad para despreciar a los grupos y personas “inferiores”. Dicho de otra manera, las posiciones de los grupos y las personas en la escala de prestigio social se derivan del desprecio antes que de la afirmación. El desprecio es la moneda más barata y popular. Así, quien más desiguala, más valioso se hace. Insisto: tanto de arriba abajo como al revés; aunque, claro, despreciar resulte más fácil para quienes cuentan con características –económicas, étnicas y culturales– que el conjunto de la sociedad considera más prestigiosas. Un razonamiento parecido es el de la socióloga Silvia Rivera (2010), cuando habla del “blanqueamiento” o búsqueda general del estatus más prestigioso, el cual se logra, entre otras cosas, por medio del desprecio del indígena, de su fenotipo, de sus costumbres, etc.


De lo dicho hay que concluir que si, como dijimos al principio de este artículo, el principio organizador de las relaciones sociales en Bolivia es el igualitario, este se halla bloqueado en las reglas inconscientes de comportamiento. Por tanto, estas reglas no son plenamente igualitarias. Detectamos empíricamente la presencia de otros valores distintos del declarado de la igualdad, y que se superponen a este. ¿Qué valores? A primera vista, dos distintos actuando al unísono: El individualismo, por el que nos preferimos a nosotros mismos y a nuestras familias antes que al resto del mundo. Y el estamental, que nos impulsa a afirmar a nuestro propio grupo étnico y social a costa de los otros y de la nación como tal.


Estos valores se han superpuesto a la igualdad por razones históricas complejas de las que hablaremos a continuación.



CAUSAS HISTÓRICAS DE LA “DESIGUALACIÓN”  

Bolivia es un país postcolonial, que arrastra hasta ahora, aunque deformadas, algunas de las relaciones sociales que ligaron, hace siglos, a colonizadores y colonizados. Como se sabe, estas relaciones eran estamentales: un “estamento” es un grupo al cual se le asigna un rol económico, social y político a resultas de su condición étnica. 


Durante la Colonia, los españoles y criollos, es decir, los blancos, cumplían con más flexibilidad e incluso podían eximirse del acatamiento de las leyes coloniales. Llamaremos a este privilegio “condición señorial”. Luego de la Colonia, la condición señorial se difundió en toda la sociedad por emulación. Incumplir las reglas era tradicionalmente una prueba de superioridad social y por tanto fue un comportamiento deseado e imitado por los subalternos cuando la llegada de la democracia lo permitió.

Igual que la mayoría de los privilegios, el privilegio de escapar del peso de la ley bloquea las normas igualitarias; al mismo tiempo, todos o casi todos los bolivianos aspiran a él; se trata de un privilegio que emerge intermitentemente en diversos puntos de la esfera social; un privilegio difuso, por decirlo así. Por eso, cada vez que hay conflictos entre nosotros irrumpe el “no sabes con quién estás hablando”, como un llamado de atención generalizado sobre el “derecho” de cada quien a que la ley se adapte a sus deseos (un privilegio que se merece por su origen social y por la cantidad de poder económico o político que tiene). O, mejor dicho, su “derecho” a romper la ley. La actitud señorial es a la vez individualista (‘yo soy quien manda’) y estamental (‘soy uno de los que mandamos’). Por esto aparece con más naturalidad en los sectores sociales tradicionalmente dominantes, pero también, como hemos dicho, se halla ampliamente repartida por toda la sociedad. Podría hacerse una generalización de la tesis de Zavaleta (1986) sobre la “paradoja señorial” y decirse que bajo el manto de un discurso nacional moderno, las relaciones efectivas reproducen una superada jerarquía estamental, que concede posiciones sociales, políticas y laborales de acuerdo a la etnicidad. Que los “señores”, es decir, los mandamases estamentales, que fueron combatidos y vencidos por la Revolución de la Independencia, y luego por las siguientes revoluciones bolivianas, no desaparecieron, sino que se reprodujeron una y otra vez, tanto en la cúpula como en otros sectores de la sociedad.  


Otra causa de desigualación, ya mencionada arriba, es la presión que ejercen unos grupos étnicos sobre otros para ubicarse, por medio del desprecio, lo más convenientemente posible para ellos mismos a lo largo del eje que va de la blanquitud a la indianidad. Este movimiento genera procesos de ascenso o “blanqueamiento”, y de racismo y discriminación. Quienes logran blanquearse son, para decirlo de forma orwelliana, “más iguales” que los otros; al mismo tiempo, quienes son “indigenizados” por la sociedad, pierden su derecho a la igualdad. Mas adelante hablamos con detalle de estos movimientos, que continúan dándose en nuestros días.


La “desigualación” es una expresión de la falta de aceptación de los otros, que al mismo tiempo se debe, como vimos, a la desconfianza. Una causa histórica de la desconfianza es la larga historia de engaños de todo tipo a los indígenas y los grupos étnicos más débiles. ¿Qué confianza pueden entonces tener los oprimidos en sus mendaces y tramposos opresores? Pero hay que incluir en esto las respuestas desarrolladas por los indígenas a la opresión colonial, tales como el comportamiento pasivo-agresivo, la mentira, etc. ¿Cómo pueden los grupos étnicos “superiores” confiar en quienes los odian, y se los hacen notar, y les mienten todo el tiempo? No extraña entonces que en el país se hayan desarrollado actitudes de bloqueo como medio de reafirmación estamental. Los blancos se afirman como dominantes en la medida en que bloquean la autonomía política de los cholos e indígenas. Y estos se afirman como autónomos en la medida en que bloquean la autonomía política de los blancos, etc.

Otra causa histórica del “estado de desigualación” es la extrema debilidad del Estado, que se debe a, y a la vez permite, la cooptación corporativa de sus instituciones, por la cual los “grupos de interés” son más fuertes que la ley. La más peligrosa de estas cooptaciones es la de la justicia. Una institucionalidad débil conduce a acuerdos discriminadores y, justamente, inequitativos, de funcionamiento social.

Finalmente, debemos anotar una causa más: el miedo al mercado como lugar de engaño y violencia, y la paralela inclinación por la familia como último vestigio comunitario, dos actitudes que se originan en la ruptura colonial de las formas pre-mercantiles existentes en el territorio antes de 1535.



La desigualación como “indigenización”

A los que aquí hemos llamado procesos de “desigualación”, Carlos Macusaya (2019) los llama procesos de “indigenización”. 


¿Qué son estos procesos? Expliquémoslo. En la vida cotidiana, los grupos y los individuos entran en contacto y, en algunas sociedades, como la nuestra, unos “convierten” a los otros –con su palabra, su trato, su discriminación– en indígenas, es decir, los “indigenizan”, aunque ellos se autoidentifiquen como “mestizos” o lo que fuera.

¿Por qué ocurre esto? Porque ser indígena ha sido siempre, desde la invención de esta categoría demográfica con la llegada de los españoles, una condición inferior y no deseada, asociada al trabajo manual, la pobreza, la falta de agencia política, etc. Y, al revés, ser blanco (o, en el eufemismo moderno, “mestizo”) está cargado de prestigio social, se asocia al poder, al dinero, a la agencia; es una “condición-salvoconducto”, que libera de la discriminación y por tanto es deseada para uno mismo y, muy importante, para los hijos.

Por tanto, en la vida cotidiana unos y otros grupos e individuos disputan entre sí por ser blancos o “mestizos”, que es el eufemismo moderno de lo mismo; o, como se dice corrientemente, disputan entre sí por “blanquearse”. Esta su lucha solo tiene sentido en la medida en que les asegure los premios en juego, es decir, en la medida en que les ofrezca poder, acceso, agencia, etc., y lo haga a consecuencia de su posición “racial”. Ahora bien, para que esto ocurra se requiere: a) una jerarquía social racializada y b) la existencia de un conjunto de “otros” desprovistos de tal ventaja “racial” o del capital biológico y simbólico deseado, es decir, se requiere de la existencia de indígenas. La lucha por adquirir la identidad étnica privilegiada tiene como su reverso necesario la necesidad de una o varias identidades étnicas preteridas y subordinadas. O, para decirlo de manera mas directa: el blanqueamiento es un mecanismo de autopromoción y ascenso social que funciona con el combustible de la constante “indigenización” de los otros. Cada uno trata de ser menos indígena, para lo cual debe considerar a los demás –y asegurarse de que sean generalmente considerados– indígenas. Este constante forcejeo identitario es el que propicia el surgimiento del racismo.


Como afirma Macusaya, normalmente los sujetos concurrimos al hecho social sin pensar en nuestra condición racial, digamos que asistimos al mundo, inicialmente, “vacíos de raza”, pero enseguida somos “racializados” en el intercambio social, cuando los otros observan y evalúan nuestro fenotipo, nuestra forma de vivir y actuar, nuestro patrimonio, y entonces nos “indigenizan” o nos “desindigenizan” (en este segundo caso, nos consideran pares e iguales).


Añadamos a esto que algunos grupos concurren al hecho social previamente “auto-racializados”, a causa de la interiorización de una posición “racial” en los más tempranos años de vida y en los primeros escenarios de socialización. Unos concurren a la sociedad, por ejemplo, “auto-indigenizados”. Son los que por razones diversas, su condición económica, su proveniencia rural, su árbol genealógico, su idioma, su fenotipo, etc., internalizaron su supuesta inferioridad y actúan en consecuencia, esto es: con docilidad frente a los actos de “indigenización” ajenos y luciendo los comportamientos típicos –para el racismo ancestral– de los sujetos tradicionalmente “indigenizados” (la humildad, el mutismo, la autorrepresión sexual y conductual que solo desaparece durante la borrachera, el temor social y la timidez, la falta de brillo, humor, originalidad, individualidad, etc.), rasgos que desaparecen en un intercambio horizontal. 


Otros encaran el trato social “auto-desindigenizados”;  son aquellos que por su fenotipo, su situación social y económica, su “alcurnia” –o la que se atribuyen– han interiorizado la ideología de la “raza” superior y consideran que de ninguna forma son o podrían ser indígenas, así que suelen “indigenizar” a los demás y al mismo tiempo resistir con éxito a cualquier intento externo de “indigenizarlos” a ellos (excepto cuando viajan al exterior y descubren, con verdadera sorpresa, que allí sí se los “indigeniza” y discrimina, aunque algunos tengan más suerte y reciban la consoladora confirmación de que “no parecen bolivianos”).  
       

¿Cuáles son los procedimientos concretos de “indigenización” o, dicho llanamente, racistas? El insulto (“indio de mierda”); el estereotipo (“los indios no son aptos para la vida moderna”, como decía Medinaceli; “no son inteligentes”, como decía Tamayo; “son pura inocencia y abulia”, como decía René-Moreno); el veto (“se reserva el derecho de admisión”, sectores VIP, clubes sociales sin indígenas); la discriminación escolar, universitaria, laboral, etc.



Efectos en la democracia

Todas las sociedades modernas son afectadas por las diferencias económicas entre sus habitantes, que a veces son muy importantes. Este tipo de desigualdad tiene determinados efectos en las relaciones sociales, digamos que efectos de emulación y conflicto. Como hemos visto, en las sociedades que no son del todo modernas, como la nuestra, encontramos además la desigualdad legal (entendiendo lo legal como el conjunto de normas sociales, inclusive las que se siguen por costumbre y son contradictorias con el Derecho positivo). Los efectos de este segundo tipo de desigualdad son múltiples: desde el caos vehicular aquí estudiado hasta la incapacidad para formar asociaciones de productores que impulsen las cadenas productivas; desde la discriminación en la vida cotidiana hasta los movimientos extremistas que surgen para representar polarizadamente a los “desigualados” y a los “desigualadores”. 


Está claro que el resultado de una constante y ubicua labor de desigualación de las personas no puede ser una sociedad igualitaria. Hay que concluir entonces que, desde el punto de vista de la modernidad, no vivimos en una sociedad moral. Que el egoísmo y el rechazo a los distintos se ha mezclado con la preferencia por la igualdad. Y que hay una disonancia entre lo que consideramos positivo y lo que practicamos; entre lo que deberíamos ser y lo que realmente somos.

Ahora bien, toda disonancia cognitiva causa depresión y pérdida de la autoestima. Pensamos a Bolivia como una sociedad moderna, pero cuando vemos a Bolivia, intuimos que no lo es. De ahí la sensación de decadencia y hundimiento, de frustración histórica, que han sentido las élites blancas a lo largo de la historia, y que desde ellas se trasmite al resto de la sociedad. Para explorar esta sensación, y su presencia a lo largo de toda la historia nacional, puede usarse una vía literaria: estudiar la larga lista de ensayos, del “Nicomedes Antelo” de Gabriel René Moreno (1880) a El carácter conservador de la nación boliviana de H.C.F. Mansilla (2010), que expresan directamente este sentimiento, el cual influye también sobre los estudios sobre el país que dan vueltas a la ideas de Bolivia como un país incompleto en alguna área o en varias, y por una u otra razón (el último de ellos, ¿Cómo somos los bolivianos?, de Henry Oporto, 2018).


Obviamente, una élite desanimada, sin confianza, avergonzada del lugar en el que vive, no es la mejor guía para el progreso de la nación; al contrario, se convierte en un obstáculo para ello, en especial si su dominio económico y social (que no el político) resulta muy difícilmente cuestionable, justamente por aquello de lo que estamos hablando aquí, es decir, por la existencia de las condiciones estamentales ya señaladas, sobrepuestas a las democráticas. Las élites blancas –o plenamente banqueadas– ocupan los lugares superiores de la economía (Molina, s.f.) y al mismo tiempo protestan constantemente por el “desastre” de un país que, aunque les ha dado todo, quisieran poder abandonar (o al menos eso dicen muchos de sus miembros). ¿Cuál será el compromiso de estas élites en  la transformación del país y en la solución de sus problemas estructurales? Muy bajo. De ahí que las mismas hayan sido desplazadas del campo político por élites ascendentes, de origen popular e indígena, y de ideología nacionalista.


Otra consecuencia de la falta de igualdad y de la desconfianza social asociada a ella es el caudillismo o gobierno de los individuos por encima de las instituciones, fenómeno que, como sentimos el día de hoy, tiene efectos restrictivos en la libertad política. Si en Bolivia se confía en el individuo es porque resulta imposible confiar en las reglas, es decir, en el cumplimiento constante de estas. Y las instituciones no son otra cosa que la cristalización de formas regladas de actuar, las cuales deben repetirse sistemáticamente. Tienen una característica “futuriza” que solo se da en un entorno de confianza.


Demos uno de los ejemplos más impresionantes sobre esto: Como se sabe, el MNR quiso ser un partido moderno y estableció la norma de rotación en el poder de sus cuatro principales líderes, pero luego de una sola transmisión de mando en estos términos, Víctor Paz Estenssoro rompió tal norma, arruinando la sucesión institucional y causando graves problemas para la democracia del país. A este ejemplo se le pueden sumar muchos otros del mismo tipo; la verdad es que entre nosotros las normas (instituciones) no predominan y, entonces, el individuo se antepone a ellas. Y luego, puesto que los caudillos se llenan de poder y de privilegios, su existencia reafirma y amplifica la desigualdad (legal) que ya existe en la sociedad.


Por definición, sin igualdad legal no es posible la democracia. Ahora bien, si, como hemos visto, no poseemos ni nunca hemos poseído una verdadera igualdad legal, hay que concluir que tampoco hemos gozado nunca de democracia plena y completa. Y esto también es empíricamente cierto. Por un lado, ciertos sectores de la población no se han visto representados por los gobiernos, aunque esto haya cambiado desde 2006. Por el otro lado, ningún gobierno, sea el que fuera, ha logrado superar el caudillismo ni ha podido hacer que todos los derechos legales de los bolivianos se respeten cotidianamente. En general, los gobiernos bolivianos de derecha e izquierda han sido poco conscientes de la mencionada desigualdad legal; por formalismo (o confusión entre lo promulgado y lo realmente existente), han pensado que si las leyes establecen un tratamiento equitativo para todos, tal cosa debe de cumplirse en la vida cotidiana. Y luego, por sus ataduras con el caudillismo y en ocasiones incluso con el estamentalismo, no han tomado medidas profundas para corregir la desigualdad. 


El resultado de esta suma de la mentalidad individualista y estamental de la población más la negligencia de los gobiernos ha sido deplorable: como resultado, hoy en día, en la cotidianeidad, los bolivianos nos expropiamos nuestros derechos unos a otros al tratarnos como si no tuviéramos estos derechos; y esto ocurre en todas las interacciones sociales: en los trámites que deben hacer ante el Estado; en los procesos educativos, que muy difícilmente permiten que los de abajo obtengan los títulos más codiciados; en la atención de salud; en el ocio y la recreación. (Insisto en que los más despreciados y “menos iguales” han sido y son los indígenas y los cholos, pero también estos se las arreglan, en muchas ocasiones, para no tratar como iguales y para despreciar a los blancos).


Como no tenemos igualdad, es lógico que la igualdad sea lo que más deseamos. En Bolivia existe una no expresada, sorda, pero también generalizada y profunda demanda de igualdad de todos los sectores sociales. Dotar de igualdad es la principal tarea democrática en nuestro país. Digamos que es la tarea histórica, mientras que la defensa de la libertad es la que urge coyunturalmente. Cada grupo social expresa esta necesidad de forma distinta: los indígenas como una demanda de “descolonización”, las élites blancas como una demanda de más “orden civilizado”, la izquierda como superación del racismo de arriba abajo y la derecha como superación del racismo de abajo arriba, etc. Pero en todas estas posiciones hay algo en común: la necesidad y el reclamo de igualdad.


Que el deseo de igualdad existe y es fuerte puede observarse en el apego de todos los bolivianos por el voto, es decir, por el momento político en que, a causa de las estrictas prohibiciones legales y de las conveniencias electorales, el Estado y la sociedad tratan a todos los ciudadanos como si fueran perfectamente iguales ante la ley. Esta forma equilibrada de relacionamiento no se repite en ningún otro momento en la vida cotidiana en el país; como hemos visto, todas las demás interrelaciones sociales se hallan desniveladas por procesos de inferiorización y desprecio de los demás. De ahí que el voto sea un momento de empoderamiento de quienes más carecen de derechos, así como un encuentro entre las clases y los grupos sociales de distinto rango, que se hallan momentáneamente nivelados por él; y por tanto sea una oportunidad de integración y de reafirmación de la unidad social.


La demanda de igualdad en el voto explica la potencia histórica el movimiento del 21F, pese a los traspiés tácticos que ha tenido últimamente. De manera espontánea, sin mayores estímulos para ello, la mayoría de los bolivianos comprendió que el no reconocimiento del referendo del 21 de febrero de 2016 por parte del gobierno instituyó una nueva desigualdad, trasladando la que se presentaba típicamente en la vida cotidiana al terreno electoral, formalmente igualitario. Como respuesta a esta constatación, organizó una protesta ramificada a escala nacional, que tuvo la suficiente intensidad para generar una cierta polarización social, lo que no ocurría desde 2009 (Mayorga, 2018). Hoy esta polarización social se ha disipado, pero la defensa del voto sigue siendo una cuestión importante y seguramente tendrá efectos sobre el curso de las elecciones de octubre de 2019.


La lucha por el respeto al voto es un primer aspecto de la lucha por la igualdad, pero no es suficiente. Instaurar la igualdad requiere de políticas públicas y de procesos culturales instigados por el Estado, en un proyecto reformista que debe enfrentar al caudillismo y superar la debilidad de las instituciones (desde la derecha), pero también debe eliminar el racismo y el egoísmo social (desde la izquierda).

Usando los conceptos de Macusaya (2019), diremos que el sujeto que en nuestra sociedad pretende ser considerado igual por los demás necesita primero estar “desindigenizado”. Debe vaciarse de una identidad que, por las razones históricas que conocemos, está condenada a cargar las propiedades que tradicionalmente se le han asignado (su asociación con el trabajo manual, con la falta de educación, con la pobreza, con la fealdad, con la apatía, con la “humildad”, etc.). Pero este esfuerzo de “desindigenización” es bloqueado o anulado por los procesos de “indigenización” que los demás realizan sobre este sujeto, a consecuencia del fenotipo, la historia familiar y, secundariamente, la condición socioeconómica y educativa del mismo. La persona que sufre esta “indigenización” en el intercambio social recibe la carga que le impide actuar como un igual. Porque solo el “desindigenizado” es el igual.


Hemos visto que la “indigenización” puede ser agresiva, cuando se realiza por racismo y para asegurar que ciertas personas y grupos con determinados fenotipos, etc. no “asciendan” identitariamente ni logren alcanzar los estatus étnicos más prestigiosos, pues en tal caso estos dejarían de serlo. 


O, dice Macusaya, la “indigenización” puede realizarse por paternalismo, como es el caso de los sectores indianistas del Movimiento al Socialismo, que han “indigenizado” al sujeto organizado como pueblo o comunidad indígenas, al darle una identidad preconcebida, diseñada “desde arriba”, una identidad basada en ciertas características del pasado ancestral antes que en la proyección libremente elegida de estas entidades indígenas. 


En su afán de invalidar el indianismo gubernamental, que le repugna por su contenido culturalista y puramente simbólico, Macusaya, como portavoz de cierto indianismo, no toma en cuenta la “auto-indigenización”. O, mejor dicho, no toma en cuenta uno de los dos procesos de este tipo que son posibles. El primero, del que sí habla, es la “auto-indigenización” por interiorización del racismo ajeno. Para formularlo sumariamente: en este caso los “auto-indigenizados” aceptan el desprecio ajeno porque se desprecian a sí mismos.

El proceso que Macusaya no ve, sin embargo, es otro y de signo diferente: el de quienes, poseyendo los elementos materiales de la identidad indígena, es decir, “siendo indígenas” se “auto-indigenizan” por propia decisión, como un gesto de autovaloración, orgullo propio, reivindicación de su identidad y medio de politizarla, es decir, de gravitar sobre el poder político. Y porque aquellos indígenas no son visibles en su teoría es que para esta el Estado Plurinacional solo constituye un esfuerzo de “indigenización”, desde fuera, desde la cúpula política, y no es un logro de la propia “auto-indigenización”, entendida como movimiento de auto-emancipación. 


Esta carencia teórica tiene consecuencias prescriptivas y políticas. Sin una batalla por revalorizar la identidad indígena, parece difícil que se pueda detener la “indigenización” abusiva de los racistas, que insisten en inferiorizar a quienes consideran indígenas. ¿Cómo vencer a estos racistas y, en general, al racismo social sin apoyarse en los procesos de “auto-indigenización” positiva, de politización de lo indígena, que pueden actuar sobre la correlación de fuerzas étnicas? ¿Hay que esperar que la sociedad deje de “indigenizar” a quienes “indigeniza” porque llega a comprender que ya no cumplen el papel tradicional asignado la categoría indígena, o podemos apresurar este reconocimiento por medio de la afirmación positiva, de la valoración cultural y simbólica y de la apertura de espacios de expresión política para las identidades “indigenizadas” y “auto-indigenizadas”?   



BIBLIOGRAFÍA

Macusaya, Carlos. 2019. Batallas por la identidad. Indianismo, katarismo y descolonización en la Bolivia contemporánea. Lima. Hwan Yunpa.

Mayorga, Fernando. 2019. Antes y después del referendo. Política y democracia en el Estado Plurinacional. Cochabamba. CESU.

Mansilla, HCF. 2010. El carácter conservador de la nación boliviana. Santa Cruz. El País.

Molina, Fernando. s.f. Modos del privilegio. Alta burguesía y alta gerencia en la Bolivia contemporánea. Inédito.

Nugent, Guillermo. 2012. El laberinto de la choledad. Lima. Universidad Peruana de Ciencias Aplicada.

Sandel, Michael. 2013. Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado. Buenos Aires. Debate.

Rivera, Silvia. 2010. Violencias (re)encubiertas en Bolivia. La Paz. La Mirada Salvaje/Editorial Piedra Rota.

Zavaleta, René. 1986. Lo nacional-popular en Bolivia.  Ciudad de México. Siglo XXI Editores.
















[1] En su expresión formal, este artículo se benefició de los comentarios a una versión inicial realizados por Ana Lucía Velasco y Esteban Morales en un coloquio organizado por la Fundación Pazos Kanki, en La Paz, en marzo de 2019.
[2] Periodista y escritor. Es autor de varios libros sobre Bolivia, en especial sobre su historia de las ideas y su historia contemporánea. Los últimos son Pensadores bolivianos IV. Carlos Medinaceli (Libros Nómadas, 2019), y El cholo dionisiaco y otros ensayos de filosofía política (Libros Nómadas, 2018). Ha escrito numerosos artículos sobre política, economía y cultura bolivianas en medios de La Paz, Santa Cruz, Buenos Aires, Santiago de Chile, México y Madrid. Algunos de ellos han sido traducidos al francés y el inglés. Desde principios de 2015 es colaborador del diario español El País. En 2012 obtuvo el Premio Rey de España de Periodismo Iberoamericano.
[3] Si nos topamos con diferencias de riqueza es porque cuando antes dijimos “igualdad” no hablábamos de la igualdad absoluta o material sino de la igualdad en el trato o, como se dice técnicamente, de la “igualdad ante la ley”. Lo mismo vale para lo que sigue en el texto.

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