El racismo científico de René Moreno
Fernando Molina
En la “Introducción” a su Catálogo del archivo de Mojos (1888),[1] René Moreno afirmaba que este archivo era especialmente valioso porque hablaba de un experimento social que “interesa[ba] a la vez a la etnología, a la fisiología y a la demografía”. Dicho experimento probaba –conforme a la ciencia positiva y como si se hubiera realizado en un laboratorio– una hipótesis que entonces compartían las mencionadas disciplinas: la hipótesis del determinismo racial.
El archivo registraba la correspondencia burocrática en torno a la administración de Mojos (hoy Beni) durante el “Extrañamiento” o expulsión, en 1776, de los jesuitas que habían manejado esta región y su sustitución por curas del Obispado de Santa Cruz. El experimento social e histórico al que aludía, según Moreno, era más amplio: se había realizado antes y después del Extrañamiento en varias etapas de creciente complejidad.
Primero, desde la década de 1680 y por un siglo, los jesuitas habían reducido a pueblos indígenas habituados a vivir a salto de mata en la selva, dentro de misiones agrícolas y manufactureras bien ordenadas en las que la propiedad era común, se cumplían rigurosas normas morales y todos distribuían su tiempo entre el trabajo manual, la oración y el arte. De este modo, habían mantenido a los mojeños apartados de las normas modernizadoras que comenzaron a aplicarse en los reinos americanos a la llegada de la dinastía borbónica al poder metropolitano, medidas que buscaban –sin lograrlo– convertir a criollos e indígenas en súbditos plenos de una monarquía absoluta.
Los jesuitas habían intentado construir el paraíso terrenal, inaugurando una tradición política que se desarrollaría y adquiriría enorme importancia en los siglos venideros. Sin embargo, su voluntarismo político no fue criticado más que tangencialmente. Como justificación de la dramática proscripción que Carlos III les aplicaba se argumentó que no habían logrado inculcar a los indígenas un verdadero sentimiento cristiano; que sus misionarios se limitaban a acatar una ritualidad vacía de contenido, por ejemplo flagelándose a sí mismos de forma mecánica; que sentían miedo del infierno y el diablo como antes habían temido a los seres oscuros del bosque; que en Jesús y los santos encontraban únicamente una promesa de placer, tranquilidad y afecto.
Entrando en este debate un siglo después con la intención de usar armas ideológicas modernas en él, Moreno afirmaba que nada más podía habérsele pedido a la Compañía de Jesús, ya que era imposible que la raza con la que había interactuado pudiera haber llegado a niveles más avanzados de espiritualidad:
Pues bien: es caso de preguntar, ¿qué otro linaje de religión ni de moral eran posibles a espíritus tales como aquellos que llevamos hasta aquí descritos? Si algunas ráfagas de piedad luminosa había de producir la mente estrecha de estos indios, tenían ellas que ser proyecciones racionales o sentimentales provocadas por medio de todos los aparatos de los sentidos. Un cerebro mojeño primero estallaría como una bomba Orsini, antes que comprender ápice de esa sencillez suavísima y penetrante que se titula Introducción a la vida devota, por San Francisco de Sales (págs. 58 y 59).
Podemos imaginar fácilmente cómo Moreno llevaba descritos hasta ahí a los indígenas de Mojos, estos cuyas mentes podían estallar como bombas antes que abrirse a las sutilezas de la religión. Pongamos sin embargo las citas pertinentes en honor de quienes sigan defendiendo al clásico boliviano de sus propias palabras.
Moreno simpatizaba con los indígenas del oriente boliviano como un adulto simpatiza con los niños, con los cuales los comparó varias veces. Formaban, decía, “una sociedad sencilla, infantil, inocentona, pero en todo y por todo muy vecina de la ciega y carnal barbarie” (pág. 57). Así que encontraba natural que se los colocara en el último nivel de la jerarquía social del Virreinato: “Vista su inferioridad respecto de la raza incásica, [los magistrados de Chuquisaca] percibieron claramente que su incorporación al Estado Colonial no podía ser regida al pronto por los estatutos con que se gobernaba al indio altoperuano” (pág. 48).
De ahí que, después del Extrañamiento, y hasta 1810, Chuquisaca tratara de sustituir la tutela jesuítica de Mojos por la tutela, que al final resultaría venal y lasciva, de los curas del Obispado de Santa Cruz. No había otras posibilidades. Había que tener a los indígenas sofrenados por medio de supersticiones y ritos. “El largo uso acredita que freno y bocado eran propios de [esta] caballería” (pág. 60), metaforiza Moreno. Infierno o “cara de Cristo” en la otra vida, y culto y cilicios en esta,
constituyen el máximum que del espíritu del cristianismo puede ser desprendido del foco en obsequio del hombre negro y el hombre amarillo. El cristianismo, el pleno cristianismo, es solo para los blancos. No se sienten bien ni se adaptan bien a él los inferiores (pág. 60).
Se trataba, eso sí, de una estrategia transitoria, ya que el género humano debía terminar unificado “caucáseamente”, esto es, emerger blanco y europeo de la desaparición de los negros y los amarillos, cuya evolución quedaría trabada a causa de su inferioridad.[2] Por lo menos esta era la posibilidad finalista. Entonces y solo entonces se cumpliría la profecía del triunfo completo y definitivo del cristianismo (pág. 61).
Moreno era un darwinista social o, para decirlo con más propiedad, un spenceriano. Tal era la ideología “naturalista” que se correspondía con la filosofía en auge en Latinoamérica a fines del siglo XIX, el positivismo. En tanto darwinista social, Moreno creía en la supervivencia del más apto. Siendo él mismo blanco, razonaba que su raza era más apta que las otras: la única en “estado de madurez, o sea [la] de mejor y más perfecto desarrollo” (pág. 81). Al mismo tiempo, como positivista, tenía necesidad de justificar su aserto con un discurso basado en hechos y pruebas: “Nada de hipótesis ni de fábulas para este estudio, nada que el positivismo de la ciencia más experimental no pueda admitir hoy día” (loc. cit.). De ahí su entusiasmo por la oportunidad de escudriñar en los papeles de Mojos: a través de los anales de esta experiencia se podía demostrar la cuestión de las superioridades e inferioridades raciales de manera incontrovertible. Él mismo intentaba hacerlo de forma sucinta en su libro.
El momento crítico de este experimento social se había dado, en su opinión, a partir de 1810, cuando los blancos habían sido autorizados de entrar en Mojos y habían llegado a la provincia para explotar a los indígenas que allí vivían, mientras que la autoridad estatal se revolucionaba por los efectos de la Guerra de la Independencia y, posteriormente, intentaba encontrar su acomodo republicano. ¿Qué podría aportar este momento histórico a la comprensión del determinismo racial? Aunque a partir de esa fecha las leyes se habían tornado igualitarias, pese a ello, los indígenas habían seguido atrapados en su vida dependiente y subyugada: no habían logrado aprovechar en nada las condiciones de apertura y no se habían hecho libres. Si el gobernador de Mojos cuando el Extrañamiento, un cumplido militar español apellidado Aymerich, dudaba de la capacidad de los indígenas de adaptarse de ahí en adelante a la sociabilidad colonial, Moreno confirmaba esta aprehensión haciendo un balance de la performance mojeña en todos los años que iban de 1810 hasta 1888:
…el indio no usó entonces ni después de ninguna franquicia, ni solicitó concesión alguna adquisitiva ni mercantil, ni se arriesgó a trabajar de su propia cuenta, ni intentó allá nadie desprender del procomún su peculio, ni se atrevieron nunca los de Mojos a salir de la tutela fiscal. Junto con esto soportaron siempre compactamente, como si de dijera encima de tabla rasa, toda suerte de peso autoritario; blandamente como cañas doblaron la cerviz a gran variedad de extorsiones, de tiranías, de crueldades, etc. (pág. 50).
No se le ocurría a Moreno que esto pudiera haber resultado de la distribución desigual, de partida, de los capitales monetarios y culturales que se necesitaban para actuar dentro de la civilización moderna; es decir, no lo atribuía a la falta de educación y a las dificultades que conlleva toda aculturación. En lugar de eso, se preguntaba lo siguiente (una interrogante que en realidad, como veremos, ya tenía respondida):
¿Está todo esto significando que la incapacidad del indio aquel es orgánica, que proviene de una insuficiencia fisiológica de las células cerebrales, que la raza es de suyo refractaria al esfuerzo de ser urbanizada industrial y civilmente en el sentido superior que era de apetecer? (loc. cit.).
Desde poco antes de la publicación del libro de Moreno, los mojeños estaban siendo sojuzgados por otro tipo humano con el que el autor no simpatizaba ni un poco, el “mestizo altoperuano”, es decir, ese que ahora diríamos “colla”, que había llegado a la región para aprovechar el boom del caucho que allí se producía. Para Moreno este momento, más que los anteriores, arrojaba luces directas sobre el debate científico en torno a las razas:
Y es útil prevenir que lo más reñido del combate por la existencia entre las especies del género humano comenzó no ha mucho tiempo en Mojos. Arreció cuando al ruido de esos talleres y al balido de esas estancias acudieron por sueldos, por cambios y por rapiñas turbas de empleados y de mercachifles cochabambinos y cruceños. Casi todos eran mestizos indo-blancos, preponderantes en el Alto Perú… (pág. 71).
A continuación, el autor esculpió en su texto, destinado a pervivir tanto como la propia Bolivia, la fábula que en este tiempo había pergeñado la élite blanca para defenderse del ascenso social de los ‘cholos’, es decir, de los mestizos que aspiraban a ‘blanquearse’ y en los que la sangre indígena era preponderante (los “indo-blancos”, como los llamaba él). La misma opinión sería reproducida veinte años después por Alcides Arguedas y Franz Tamayo. Forma, por decirlo así, una tradición racista boliviana:
…casta híbrida, de confusas aptitudes, con viveza para simular todas las buenas, de impotencia probada para el recto y viril ejercicio de la soberanía, sociológicamente perniciosísima cuando sus individuos sean más sabedores y frondosos. Detiénese sin remedio en esta casta la evolución del progreso humano, vinculado de preferencia al predominio de la superior especie pura de los blancos (pág. 71).
Por si quedara duda sobre la contundencia de su veredicto, Moreno atribuía a estos mestizos el infértil destino de ciertas especies animales y vegetales:
Se detiene en estos mestizos [la evolución del progreso humano], bien así como en el mulo se ataja la mejora respectiva de las razas asnal y caballar, y como fenece en el toronjo de injerto, a pesar del hinchado fruto, el respectivo transformismo del naranjo y el limonero (pág. 72).
Como Arguedas y Tamayo, Moreno sentía aversión a la mezcla, que era actitud fundamental de la élite blanca boliviana por la razón obvia de que el ‘blanqueamiento’ al que daba lugar perjudicaba, vulgarizaba y dispersaba su dominio tradicional: “Casta es esta que, desde las primeras cruzas de especies primitivas, encarna un deterioro deplorable de las energías originarias, a causa de que la mezcla borró uno con otro, en el nuevo ser, cada vigor ingénito” (loc. cit.). Pero Moreno, a diferencia de Arguedas y Tamayo, pensaba que los mestizos eran aún peores que los indios puros, esos que los otros reivindicarían, aunque de maneras curiosas:
Los resultados son peores en la cruza ulterior de sus progenies; porque, pasado el primer tronchazo recíproco de las especies, la casta mestiza tiende a expulsar de su naturaleza la energía blanca, por exótica, y a hacer revivir en su ser el elemento del indio, que es autóctono (loc. cit.)
Así es como Moreno le dio prosapia intelectual al racismo anti-cholo. Además, concluía su reflexión sobre el experimento de Mojos fundando el racismo anti-colla predominante en el oriente boliviano:
Y sucedió en Mojos lo que tenía que suceder. Rota en esos pueblos la relativa unidad etnológica de la época jesuítica, abierta la puerta al entrevero de razas y de castas con todas sus energías divergentes y antagónicas, bien puede decirse que el Alto Perú se trasladó a Mojos desde entonces. La misionaria provincia puso pie y fue entrando cada vez más hondo en el general desorden boliviano (pág. 72).
Decimos “racismo anti-colla” porque este entrar en el desorden boliviano no era para Moreno un proceso de tipo social, político o cultural. Para él no se debía a otras causas que las raciales, ni a motivos diferentes que la ruptura de “la relativa unidad etnológica de la época jesuítica”:
Tanto y tanto entró [Mojos en la general confusión boliviana, propia del mestizaje] cuanto era mayor desde aquel día su contacto con los dominadores, esto es, con los altoperuanos. Entró hasta verse por completo envuelta en la ola anárquica dentro de la cual también ya estaba sumiéndose sin remedio la caucásea y patriarcal Santa Cruz de la Sierra (loc. cit.).
En suma, Moreno imaginaba un orden social que a la vez era natural, y por tanto comprensible y previsible de una manera naturalista, considerada por él la única científica. En dicho orden social-natural había “semejantes nuestros” que eran “inadaptables a la actividad y el espíritu de los blancos”, lo mismo que pasaba con las familias del reino animal que no podían ser domesticadas de igual manera que otras “más perfectas” de su misma especie. Los intentos de zafarse de este condicionamiento natural (de la “inadaptabilidad” de ciertas razas) siempre habrían de ser vanos. La educación de los indígenas de Mojos, las leyes que los consideraban ciudadanos, habían sido intentos de hacer, “de modo extra-genésico”, que la naturaleza diera un salto imposible dentro de la escala de los seres orgánicos.
Atribúyase a efecto causado en estos por la educación y el régimen [político] todo lo que más se quiera. [Pero es] indudable que algo, de especie congénita y radicalmente irremediable, ha podido ya echarse de ver en el indio autóctono de Mojos (pág. 51).
No había espacio, por tanto, para ninguna reforma social. El comportamiento de los grupos sociales, considerados primeramente como razas, como grupos biológicos radicalmente distintos entre sí, estaba determinado por sus estructuras congénitas. La historia del país era una lucha evolutiva, en la que los mejor dotados triunfaban de manera inexorable sobre los que lo eran menos:[3]
Mojos merece desde este punto de vista una contemplación especialísima. En ninguna parte mejor que en estas sociedades rudimentarias del hombre primitivo, en ninguna parte es sorprendida actuando con más evidencia la ley de la naturaleza sobre la lucha por la vida entre las especies concurrentes. Allí aparecen las especies del género humano compitiendo mortalmente unas con otras por existir. Allí está a la vista que las mejor dotadas no se abren paso sino arrollando y destruyendo a las inferiores (pág. 71).
Como el experimento de Mojos había demostrado, ese abrirse paso mediante el genocidio era un fenómeno imposible de detener y por tanto muy difícil de juzgar moralmente. Los mestizos necesariamente se impondrían sobre los mojeños, así como los blancos lo harían sobre aquellos; eran fenómenos que, como no podían impedirse, tampoco cabía cuestionar.
En la concepción positivista, entonces, no había espacio para la responsabilidad moral. En la sociedad se cumplía, de forma fría y objetiva, una ley externa a ella y externa a la vez a a los individuos o, mejor dicho, preexistente respecto a estos; una ley que se cumplía cuando estos eran gestados en el vientre de sus madres y recibían una determinada herencia genética. Así como nadie puede ser culpado de enfermar o de morir, ya que estas son condiciones y posibilidades consustanciales al ser humano, tampoco nadie podía ser criticado por gobernar, sujetar, esclavizar y destruir a quienes eran sus inferiores.
De esta como si dijéramos insuficiencia ingénita, o sea más bien caducidad esencial de la especie, están dando pruebas entre Mojos y Cochabamba los salvajes yuracarés, entre Mojos y Santa Cruz los bárbaros sirionós. No han querido jamás reducirse al igual de algunas naciones parientes suyas. Van entretanto concluyéndose por sí mismos… Admirable pero compasible término. ¿Quién no ve que él denota un grado de evolución mental fisiológicamente perecedero? Aquellos hombres de tronco y extremidades robustos, atletas de la intemperie y de las fieras selváticas, dejan no obstante su asiento en el banquete de la vida, lo dejan ante la concurrencia de otros semejantes suyos de físico más débil pero de espíritu más fuerte. Perecerán todos a la vuelta de breves años, sin dejar de su comparecencia rastro a la etnografía (loc. cit.).
No se le esconderá al lector que darle a estos procesos el carácter de la necesidad permitía exculpar a la élite blanca boliviana y latinoamericana –de la que Moreno era uno de sus más destacados y brillantes exponentes– de sus responsabilidades históricas respecto de los indios y, en segundo término, de los cholos. Tal es el carácter de clase del pensamiento moreniano. No le impedía a su autor, sin embargo, sentir ocasionalmente compasión por aquellos que su esquema clasificaba como destinados a perder y desaparecer. Moreno mostró varias veces este tipo de compasión, anotando con ironía que los blancos en Mojos no sabían hacer ninguna otra cosa que explotar indios, censurando algunos de los abusos y crueldades que se les hizo a estos y llorando –un poco con lágrimas de cocodrilo– por la inevitable eliminación a la que estaban condenados por el avance de la civilización y de los otros grupos sociales sobre sus hábitats selváticos.
Ulteriormente, de una manera que no puede sorprendernos, otros intelectuales de la élite, como Hernando Sanabria, usarían estos ocasionales gesto de conmiseración de Moreno para presentarlo como un defensor de los indígenas, cosa que –el lector de este artículo coincidirá– estaba lejos de ser.
Tarija, 5 de enero de 2022
[1] Aquí se cita según la edición de 1974 de la Librería Editorial Juventud, La Paz, propiciada por la Universidad Gabriel René Moreno, con un estudio preliminar y notas de Hernando Sanabria.
[2] “En la escala gradual de los seres organizados ¿no han perecido ya sin remedio algunas especies imperfectas de la flora y la fauna? ¿No se han extinguido o se van extinguiendo a nuestra vista ciertas razas mal dotadas pertenecientes al género humano? (pág. 77)”.
[3] Un enfoque que permitía darle a la historia una base positiva, es decir, científica. Las ciencias sociales, la etnografía y la demografía, se subsumían en las ciencias naturales: la fisiología.
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