¿Por qué la Revolución Nacional fue “revolución” y no “golpe”? (Y otras consideraciones de filosofía política en torno a Abril de 1952)
Fernando Molina
Las ciencias sociales bolivianas pueden sacar de la Revolución del 9 de abril de 1952, cuyo aniversario 70 se cumple en estos días, innumerables temas de investigación y debate. Están ante uno de los eventos sociales y políticos más importantes de la historia del país. Sus consecuencias han sido vastas y ramificadas, y se han extendido sobre todos los campos de la vida social.
En esta ocasión voy a considerar la Revolución desde la perspectiva de la filosofía política. Me interesarán principalmente, por tanto, ciertas cuestiones de principio y de definición en la reflexión sobre el 9 de Abril.
Lo primero que quiero preguntarme es por qué caracterizamos este brusco y profundo cambio de poder en la forma en que lo hacemos habitualmente. Dicho con más claridad: ¿Por qué decimos que en abril de 1952 se produjo una “revolución” y no otro fenómeno político de otras características, como por ejemplo un golpe de Estado? Esta es una interrogante que incluso podría ser relevante para el debate político actual.
Existe cierto consenso historiográfico sobre la evaluación de los acontecimientos que hoy conmemoramos. Se postula que fue un proceso que comenzó como una intentona más, entre las muchas que ha habido en la historia del país, de consumar un golpe de Estado, pero que terminó en algo diferente, más vasto y grandioso, en una revolución. Esta interpretación no solo es la de muchos historiadores, sino también la de la mayoría de los contemporáneos a los hechos; posiblemente la del sentido común de la época. No olvidemos que en 1952 muchos bolivianos habían tenido la experiencia directa de uno o varios golpes de Estado. Habían visto, ciertamente, el golpe de Estado de Mamerto Urriolagoitia, que se había producido un año antes de la Revolución. En esa ocasión, el presidente Urriolagoitia se había negado a entregar el poder al ganador de las elecciones, Víctor Paz Estenssoro, jefe del MNR, y en cambio se lo había traspasado a una Junta Militar, dirigida por Hugo Ballivián. Los bolivianos de ese tiempo también habían experimentado el golpe que en 1943 había dado el mayor Gualberto Villarroel en contra del presidente Enrique Peñaranda. Por tanto, tenían conocimientos suficientes para poder hacer una comparación entre estos cambios estatales, digamos, “habituales” en esa época, y Abril; y para poder diferenciar el segundo de los primeros. Tanto ellos como los historiadores posteriores establecieron esta diferencia en la participación de amplias masas de la población en los acontecimientos revolucionarios.
La filosofía política debe partir del significado que los conceptos tienen en el lenguaje común. Luego puede si quiere corregir y mejorar este significado, pero lo que no debe hacer es ignorarlo, pues en ese caso pecaría de irrealidad y sectarismo. En el lenguaje común, un golpe de Estado es un hecho político en el que no participa el pueblo como tal, solo lo hacen los grupos sociales previamente comprometidos en la conjura. Estos grupos pueden ser mínimos o más amplios, dependiendo de la estrategia golpista, pero en cualquier caso son comparativamente reducidos. Por definición, son grupos que están enterados de un secreto y se hallan dispuestos a emprender actos violentos duramente sancionados por la ley, y esto necesariamente limita su tamaño. Por eso se puede decir, de manera paradigmática, que lo predominante en los golpes de Estado es la conspiración y no la movilización de grupos sociales. Un golpe de Estado es una operación de toma del poder de carácter militar, no social. Tales fueron las características, por ejemplo, de la asonada preparada en 1952 por el jefe del MNR en Bolivia, Hernán Siles Suazo, el líder minero Juan Lechín, también presente en Bolivia, junto con el entonces ministro de Gobierno, Antonio Seleme.
Una revolución, en cambio, es el resultado de la actividad directa de grandes masas de individuos molestos con el orden establecido. (Glosa: Aquí estamos usando el concepto “revolución” como sinónimo de “insurrección” porque, por ahora, el único criterio que nos interesa es el de la participación). En las Jornadas de Abril, el golpe del MNR, que probablemente habría fracasado, alentó el levantamiento de los barrios fabriles y plebeyos de La Paz y la de los mineros y trabajadores de la ciudad de Oruro, principalmente. Lo que nos indica indirectamente que estos grupos deben de haber estado en una “situación prerrevolucionaria”, esto es, con una disposición de ánimo agresiva hasta la temeridad. Al final, buena parte del proletariado, con el apoyo activo o pasivo de sectores muy importantes de clase media, se armó y libró verdaderas batallas contra las fuerzas militares. Los bolivianos de 1952 sabían que esto no ocurría normalmente en un golpe de Estado; sabían que lo sucedido excedía esta forma política.
“Revolución”, “situación prerrevolucionaria”, “insurrección”. Estos conceptos eran parte del lenguaje común en 1952, a diferencia de lo que ocurre ahora. Los bolivianos se habían familiarizado con ellos a través de la prédica de la izquierda y las referencias de esta a la ideología más extendida y poderosa del siglo XX: el marxismo.
Concluir que Abril fue una insurrección y no un golpe de Estado era un criterio observacional, no moral. La gente de entonces acababa de comprobar que una insurrección podía ser más sangrienta que un golpe de Estado. Según Luis Antezana, en Abril de 1952 se perdieron 5.000 vidas. Además, la Revolución no sustituyó al golpe de Estado, se sumó a él, y ambos combinaron sus características tras el mismo objetivo de sacar a la oligarquía del poder. Una constatación que también resulta interesante para el debate político boliviano de hoy. A esto hay que añadir, desde la perspectiva actual, que si bien una insurrección, lo mismo que un golpe de Estado, podía truncar un gobierno dictatorial, como en 1952, también podía quebrar un proceso democrático. Tal cosa hubiera pasado perfectamente si el movimiento insurreccional que el MNR había impulsado previamente, la llamada “guerra civil” de 1949, triunfaba sobre el gobierno electo Hertzog-Urriolagoitia.
En suma, una revolución es un evento violento contra el orden establecido, y si este orden es democrático, puede ser un evento violentamente antidemocrático. Al menos si hablamos en términos formales. Para los revolucionarios –y también para los contrarrevolucionarios, como aquellos que se levantaron en contra de Villarroel y lo colgaron en la plaza Murillo el 21 de julio de 1946– la violencia revolucionaria es la partera de la democracia “real”, que para ellos equivale a la irrupción de las masas en la política, esto es, a la revolución misma. Esta abre la posibilidad de que, por primera vez, las multitudes se hagan cargo de los asuntos públicos.
Dijimos que en Abril de 1952 masas de obreros apoyadas por clases medias y campesinos tomaron el poder. Sin embargo, los obreros no se adueñaron de él para cumplir una agenda de clase, aunque en ese momento nadie hubiera podido impedírselo. En lugar de eso, entregaron el mando que acababan de conquistar a los ganadores de las elecciones de 1951 que habían sido desconocidas: los mandatarios electos Paz Estenssoro y Siles Suazo. Esto significa que, a la hora de la verdad, el movimiento revolucionario apostó por la democracia, no por el socialismo.
Aunque esta cuestión tiene una importancia crucial para las ciencias políticas bolivianas, no ha sido planteada en este ámbito, sino solamente en la literatura política. ¿Por qué la Revolución de 1952 no fue socialista, sino “democrático-burguesa”, que era como llamaba el marxismo a los movimientos progresistas dentro del capitalismo? ¿Dependió del momento inicial, en el que el líder del proletariado, Juan Lechín, jefe efectivo de las masas armadas y victoriosas de Abril, en lugar de declararse líder del país aceptó la decisión de Siles Suazo de mandar a recoger a Paz Estenssoro de Buenos Aires, donde este estaba exiliado? ¿O dependió de un momento previo? En este caso, la pregunta sería: ¿por qué el MNR –que en términos generales no era socialista– fue el único partido, en un contexto profundamente crítico y rupturista, que tuvo éxito en convertirse un partido de masas, dejando atrás a otros grupos más clasistas? Esta segunda interrogante solo podría responderse movilizando consideraciones e hipótesis demográficas, históricas y de psicología social, sin despreciar siquiera las de tipo biográfico. En todo caso, es una pregunta que casi nunca se ha tratado de absolver directamente en el pensamiento nacional.
Hay todavía una tercera posibilidad. Quizá el carácter que adoptó finalmente la Revolución no dependió del momento mismo de su realización ni de otros previos, sino del tiempo no muy largo que sucedió al 9 de Abril y transcurrió mientras la dinámica revolucionaria todavía seguía siendo intensa. ¿Podían en este periodo los partidos marxistas hacer un “ajuste” al curso histórico de la Revolución, pero fracasaron? ¿Por qué la primera fase nacionalista de la Revolución no fue seguida por una segunda fase socialista, como ocurrió en la Revolución Rusa, que en febrero de 1917 comenzó como burguesa y en octubre del mismo año acabó siendo reconducida en dirección socialista por Lenin y los bolcheviques?
La deriva de los acontecimientos de 1952 dio lugar a un intenso debate ideológico y político que se extendería durante décadas. Describir este debate, así sea someramente, me resulta imposible aquí. Así que debo remitir al lector a un libro mío que se intitula “La revolución permanente en Bolivia. Ayala, Lora, Zavaleta”. Ahí encontrarán narrada la compleja reflexión que en los círculos marxistas despertó el hecho, sin duda paradójico, de que una clase, el proletariado, hubiera tomado el poder, pero enseguida lo hubiera traspasado a otra clase, la burguesía, vicariamente representada por los pequeñoburgueses Paz Estenssoro y Siles Suazo. Para los dos autores que más escribieron sobre este tema, Guillermo Lora y René Zavaleta, la causa de esto fue la impreparación, la falta de madurez del proletariado para cumplir la tarea de dirigir y transformar al país. El proletariado no estuvo listo, pese a que, para Lora y Zavaleta, las condiciones objetivas, es decir, la forma y el tempo de la economía nacional, favorecían al socialismo como medio para lograr plenamente los objetivos planteados en 1952, los cuales eran: liberación nacional, soberanía económica, industrialización de la economía, superación de la servidumbre agraria, adopción de una auténtica identidad nacional, vertebración territorial, etc. Lora y Zavaleta concluían que la falta de un salto al socialismo había condenado al país a quedarse a medias en la revolución que inició. Según ellos, y de otros grupos y pensadores situados a la izquierda del MNR, la burguesía, es decir, el MNR mismo, era incapaz de transformar al país. ¿Las causas? La acción de las potencias capitalistas en contra de esta posibilidad (“imperialismo”) y el miedo reaccionario que supuestamente sentía esta clase social respecto a la revolución y sus ideales igualitarios. Como se ve, estos asuntos están relacionados con la teoría trotskista de la revolución permanente, la cual tuvo mucha importancia en Bolivia en el siglo XX.
En mi libro discrepo con esta explicación y digo que si el proletariado boliviano no volvió Abril en otra cosa fue porque en 1952 el MNR, a diferencia de Kerensky y los eseristas rusos entre febrero y octubre de 1917, sí cumplió las reivindicaciones que exigían las masas revolucionarias y que mantenían movilizadas a estas. Este cumplimiento, así fuera inicial, las tranquilizó, permitió que se replegaran y desmovilizaran, que normalizaran su vida, y dejaran en manos de los emenerristas, luego de un periodo limitado de “poder dual”, el manejo de todas las clavijas del Estado.
Desde la perspectiva de los nacionalistas –entre ellos el propio Zavaleta en una etapa más temprana de su evolución intelectual–, el sujeto autor de la revolución fue una “alianza de clases” que articulaba en igualdad de condiciones a obreros, clases medias y campesinos, constituyendo así un bloque de sectores y demandas que el MNR dirigía de forma pragmática y conciliadora. Zavaleta nacionalista escribía que si bien las clases sociales pueden ordenarse teóricamente de varias maneras, la clasificación que interesaba para explicar la Revolución Nacional era la que separaba a las clases en dos bandos: el de los explotados versus el de los opresores. Es sobre esta división y no sobre ninguna otra –señalaba el sociólogo orureño– que se produjo la Revolución Nacional. Los explotados sintieron que ya no podían soportar el ser gobernados como hasta entonces –lo que creó una situación prerrevolucionaria– y decidieron enfrentar a sus opresores. Para eso se unificaron y dieron a sí mismos y sus reivindicaciones un carácter nacional. Según Zavaleta, tomaron el camino revolucionario todos aquellos que no encontraban acomodo ni perspectivas dentro el viejo orden de cosas. Entonces dinamitaron este orden –que en la época se llamaba “minero-feudal”– y los sustituyeron por un nuevo Estado y un nuevo orden social.
Para el Zavaleta nacionalista, Abril consumó la revolución burguesa en Bolivia; para los marxistas ortodoxos, solamente la anunció, traicionándola inmediatamente después. Por supuesto, el MNR no creía que la Revolución fuera una obra acabada; admitía que había mucho por hacer para defenderla de las amenazas imperialistas, de la derecha fascista y de la ultraizquierda trotskista, y para consolidar su futuro. Pero suponía que algo muy importante se había logrado ya, y lo sintetizaba de manera propagandística en una triada de medidas revolucionarias: la nacionalización de las minas, la reforma agraria y el voto universal. Nótese que esta triada propagandística quedó fijada en la mente de los bolivianos hasta nuestros días.
Una revolución también es tal por la profundidad de las transformaciones sociales que produce, que son mucho mayores que las de un golpe de Estado. Este solo opera en el nivel superestructural, sin afectar el dominio económico y social de las clases superiores. Una revolución, en cambio, sustituye una clase dominante por otra distinta, una élite política de un determinado signo por una élite de un signo distinto. Esta nota también está presente en la categorización universal de la Revolución Boliviana.
A lo largo del periodo revolucionario, el MNR defendió sus logros de manera paradójica: plegándose lo más posible a las expectativas y las estrategias desplegadas por Estados Unidos en la región, en el contexto de la Guerra Fría, a fin de obtener la ayuda económica y el respaldo diplomático de esta potencia. Después de coquetear con la ideas más radicales, el MNR en el gobierno se puso a coquetear con el Departamento de Estado. Esto confirmó que este partido –o, en términos marxistas, la clase social que este representaba– no era de una coherencia heroica con sus principios, por ejemplo con el proceso de liberación nacional que se había propuesto lograr en su programa fundacional. Tal constatación le daba la razón al diagnóstico marxista sobre el papel reaccionario de la burguesía en los países sometidos al imperialismo. Sin embargo no significaba, y esto era algo que los marxistas no tomaban en cuenta, que esta pequeña burguesía o esta burguesía en ciernes no hubiera hecho un cambio social lo bastante significativo como para considerarlo “revolucionario”. En realidad, no cabía duda de que había habido una revolución en Bolivia, aunque esta hubiera quedado “inconclusa”.
Los marxistas, por su parte, para defender su posición sobre la necesidad de que el socialismo fuese alcanzado como requisito necesario para cumplir adecuadamente las tareas revolucionarias de Abril, no criticaban tanto el “ser” de la Revolución Nacional, sino que medían esta de acuerdo a diferentes versiones sobre su “deber ser”: Algunos, por ejemplo, recordaban que la Revolución no se había acercado siquiera a instaurar la soberanía nacional; otros, que no había asegurado el desarrollo económico, pues Bolivia continuaba siendo un país atrasado, con problemas diferentes a los que tenía antes de 1952, pero que ahora eran tan irresolubles como antes.
Como se desprende de lo que hemos dicho hasta aquí, para estos marxistas, el sentido en que la Revolución estaba “inconclusa” era su detención en su etapa burguesa; la Revolución iba a concluir, entonces, cuando entrara en una etapa más avanzada, socialista.
“La Revolución inconclusa” de James Malloy, en cambio, postula que lo faltante o por concluir es el desarrollo y la modernización del país. Según este libro, la Revolución despertó fuerzas que luego fue incapaz de encauzar y llevar hasta sus últimas consecuencias.
Por su parte, José Medina Echavarría señaló que esas fuerzas eran, además de económicas e institucionales, humanas: el sociólogo español fue el primero en llamar la atención sobre la enormidad del sacudón psicológico y existencial que representaría el paso de la mayoría de los indígenas bolivianos de la semiesclavitud a la libertad. Este salto tuvo repercusiones que los autores de la reforma agraria y el voto universal estuvieron lejos de anticipar. Abrió las compuertas a una riada caudalosa e indetenible de nuevas aspiraciones, actitudes, trayectorias vitales, sentimientos (buenos y malos), cambios en la vida cotidiana, en la ubicación de la población en el territorio, en las formas de habitación, comercio, trabajo, educación y socialización, en la correlación de fuerzas étnico-racial, en la política y el poder.
Otro efecto fundamental de la Revolución Nacional en la subjetividad boliviana fue la entronización de la ideología que la inspiró y le dio forma, el nacionalismo revolucionario, como la principal y más durable ideología de masas del país. Esto ha tenido implicaciones muy importantes en la antinomia “mercado-Estado” que es una de los principales clivajes ideológicos en Latinoamérica y, quizá, en el mundo. Grandes emanaciones de estatismo han surgido de Abril de 1952 y han inundado los procesos ideológicos ulteriores a la Revolución hasta nuestra época. Podemos discutir si esta expansión fue un resultado de la Revolución Nacional porque en ella el estatismo fue exitoso, al menos grosso modo, o porque el recurso constante a un Estado precario y empobrecido coincidió con una disposición previa acuñada durante la Colonia, y quizá antes, por la que los bolivianos son proclives al tutelaje estatal y a la búsqueda de rentas.
Como la Revolución Nacional dio lugar al capitalismo de Estado, que en su primera versión duró 30 años, es poco apreciada por los pensadores neoliberales más consecuentes, en tanto que en los años 80 y 90 el MNR neoliberal del último Paz Estenssoro y de Gonzalo Sánchez de Lozada se vio en figurillas para homenajearla al mismo tiempo que la contradecía con su actuación cotidiana. Por supuesto, algunos intelectuales de esta corriente trataron de destacar los aspectos liberales de la Revolución Nacional, que en efecto son muchos y muy importantes. Estos obviamente no se manifiestan en la economía, sino en el empoderamiento de los campesinos e indígenas, en la habilitación de estos como electores, primero, y como militantes políticos, después. En el MNR clásico siempre hubo corrientes internas comprometidas con la democracia; primero Walter Guevara y luego Hernán Siles fueron defensores de esta primordial orientación del movimiento revolucionario. En cambio, Lechín y el ala izquierda y Paz Estenssoro siguieron creyendo en los métodos revolucionarios, los primeros, y en el golpe de Estado, el segundo, por lo menos hasta que el fin de la Guerra Fría desprestigió estos métodos políticos y los sacó de escena. En términos netos, el MNR clásico siguió una ideología de centro: desarrollista, populista y autoritaria, pero pragmática antes que dogmática, con un eje nacionalista y estatista más o menos sincero, una adhesión algo más hipócrita a los principios liberales igualitarios, y múltiples concesiones a derecha e izquierda. Consciente de la naturaleza eurocentrista y anti-indígena de la oligarquía, procuró generar una clase dominante más moderna, verdaderamente “burguesa”, menos trabada por su complejo de superioridad racial. Pero su proyecto de construcción nacional no era menos eurocentrista que otros del pasado: se esforzó por hispanizar el habla de la población y por “modernizar” las instituciones en términos occidentales; nombró a los indígenas “mestizos” pero sin alterar el carácter racista de la sociedad, que siguió abominando del mestizaje sexual y corporal, y sin tocar tampoco la primacía material de los descendientes blancos en la economía y la vida cotidiana, ni la necesidad de blanquearse de todo grupo político que pretenda ser dominante. La nueva élite que surgió de la Revolución siguió siendo abrumadoramente blanca. Con los años, los sectores populares que protagonizaron las transformaciones se blanquearon o, de no haberlo hecho, se quedaron al margen de las corrientes principales de la dinámica social. Se produjo así lo que Zavaleta llamó “la paradoja señorial”: una Revolución progresista terminó recreando una élite con una mentalidad colonialista, que seguía basando su estatus en la invisibilización y la discriminación de la mitad o más de los bolivianos.
Los cambios de las últimas décadas en Bolivia en gran medida pueden considerarse una segunda etapa de la Revolución Nacional, que sin embargo tampoco han logrado concluirla en ninguno de los sentidos previamente señalados. Aunque los impulsores y protagonistas del llamado “proceso de cambio” son muy cicateros para reconocerlo, todo lo que han intentado en este tiempo requirió apoyarse en la base suministrada por la Revolución Nacional y, en muchos aspectos, el impacto sobre la realidad de los gobiernos del MAS ha sido bastante menor que el que tuvieron en su momento los del MNR original.
Seamos nosotros más generosos y sigamos tomando en cuenta, para lograr un real conocimiento de Bolivia, al cambio político-social y económico más importante de la historia nacional.
Muy buen artículo, mantenerse neutral en asuntos como la Revolución Nacional es muy difícil, pero yo diría que lo logras.
ResponderEliminarGracias por su artículo, es difícil encontrar a un boliviano dispuesto a hablar sobre la época del MNR. Creo que un movimiento política que gana poder eventualmente agota su impulso y se hace incapaz de responder al flujo de eventos. A pesar de la represión que despliege para retener el poder, va a ser reemplazado. Este tipo de cambio se señala por la necesidad de reconstruir los órganos del gobierno, así se parece una revolución. Se puede ver esta fenómena en la carrera de Porfirio Díaz en México o los fines de las dictaduras argentinas en los años 60 y 70. Además, en los años 30 y 40, había la idea del estado corporativo para superar las contradicciones entre los obreros y los capitalistas nacionales. En Bolivia, el MNR postuló votación universal, la reforma agraria, y el control laboral de la indústria, la estructura de poder sí cambió. Creo que fue el carácter de Lechín (además de los de Paz y Siles) y las amplias alas del partido que lo dirigieron a su destino.
ResponderEliminarSin embargo, acababa de comencer su Racismo y poder en Bolivia. Al inicio, se imagina dos hombres encontrandose en el vacío y de inmediato se ponen a evaluar quién es lo más poderoso. Esto me parece muy latinoamericano y europeo, al encontrarse los ojos se fijen en los zapatos, la corbata, las marcas para establecer el rango social de su homólogo. Esto corresponde a Derrida a quien se ven todas relaciones en términos del dominio y de la sumisión. En América Latina, esto es una herencia del época colonial. Al otro lado, me pregunté si sería lo mismo al encontrarse dos mujeres. Creo que no, que además del rango social (de su padre, esposo e hijos, como revelado en su traje, peluaje, uñas, etc.) habre elementos de bienestar, belleza, intereses -- una curiosidad sobre la personalidad. Y al raíz del machismo se encuentra la dominación. Entonces, ¿se puede analisar la relación entre el racismo y el poder sin analisar al mismo tiempo la relación entre el machismo y el poder?
Por supuesto hay desigualdades entre hombres y mujeres en la cultura indígena, así como papeles del género, ¿pero surgen del mismo concepto de propiedad como en la cultura europeo? No sé, aunque hay evidencia que el compadrazgo con los suegros surgió de la necesidad de curar el robanovia. Pienso que no, pero ¿cuántos rasgos de la vida precolonial han sobrevivido lo que seguía?
Gracias por abordar estos temas.