El racismo científico de Arthur Posnansky
Fernando Molina
“Qué es la raza” de Arthur Posnansky –publicado originalmente en 1943 y recientemente reeditado por Subterránea Editores– resume algunas de las ideas más idiosincráticas de este autor difícil de clasificar y evaluar. ¿Cuáles eran estas ideas?
Primero hay que aclarar que Posnansky pensaba que la suya era una labor puramente científica. Una de las ciencias que él cultivaba –la que ahora nos interesa– era la antropología. Corría pareja a la otra disciplina de la que se lo puede considerar un pionero en Bolivia, la arqueología.
Posnansky no tenía formación en ninguno de estos campos, en los cuales era un autodidacta. Esto no es extraño. Los comienzos de ambas ciencias se debieron, en todos los países, a aficionados talentosos. La mayoría de ellos, sin embargo, no aplicaba los procedimientos ni los razonamientos propiamente científicos y combinaba algunas observaciones acertadas con intuiciones no muy bien probadas y muchas especulaciones fantasiosas. Posnansky no fue la excepción. Lo peculiar de su caso es que hizo esto hasta bastante tarde, los años 40 del siglo XX. Resulta natural si recordamos que en Bolivia la actividad científica era muy incipiente entonces.
En los 40, la ciencia propiamente dicha había llegado a conclusiones muy distintas de las suyas, especialmente en los Estados Unidos. En cambio, las ideas raciales que defendía eran aceptables para la opinión lega, no científica, de la época. Lo fueron hasta el término de la Segunda Guerra Mundial.
Para Posnansky, la antropología era un estudio cuantitativo y descriptivo de las razas humanas. Él definía una raza como un grupo humano con características físicas y psíquicas que se podían estudiar por medio de la antropometría y de la observación directa. No tenía escrúpulos para remontar hasta un pasado milenario las inferencias que obtenía de su frecuentación de los pueblos que estudiaba. Le interesaban sobre todo, sin embargo, las características físicas: el núcleo de su práctica consistía en la medición de los cráneos, las narices, los paladares y las mandíbulas de los indígenas de la cuenca lacustre de Bolivia y el Perú, para lo cual usaba aparatos curiosos como el “cubuscraneóforo”. Este método se le antojaba el súmmum de la cientificidad.
Su definición de la raza como una serie fija de características sobre todo físicas le impedía coincidir con la teoría racial que durante los 30 y los primeros años 40 imperaba en Alemania y en su país natal Austria. A él no le parecía que los judíos fueran una raza en el sentido propiamente dicho, es decir, científico; en su opinión formaban una “confesión religiosa” dentro de la que se presentaban varias razas distintas.
Hasta aquí, podríamos decir que, como todo científico, buscaba describir la realidad, aunque lo hiciera de manera mecánica y primitiva. Medir las poblaciones humanas con el propósito de clasificarlas y establecer sus diferencias y relaciones era un método que calzaba bien con la edad positivista. Pero Posnansky fue bastante más allá. Con sus estudios de los indígenas bolivianos, ‘descubrió’ dos razas que llegó a definir como “puras”. Consideraba que la lucha y complementación de estas dos razas en el pasado se debió a la diferencia que había entre ellas, siendo una superior y la otra inferior. Y suponía que estuvieron detrás de la mayor parte de las vicisitudes paleo-históricas de los Andes.
Estas ideas dependen únicamente, para decirlo de una vez, del prejuicio racista.
La raza superior era la ‘kholla’ mientras que la raza inferior era la ‘aruwak’. La primera era, entre otros rasgos, branquicéfala, es decir, de cráneo corto y elevado; y también tenía leptorrhinia o nariz angosta y alargada. Posnansky decía explícitamente que se parecía a la raza germana y otras razas de líderes y “mandones”, como él las llamaba. La raza ‘aruwak’, en cambio, era dolicocéfala o de cráneo alargado y tenía platirrhinia, es decir, nariz ñata y ancha. La comparaba con la raza mongólica que predominaba en Rusia, que en el momento de la publicación de “Qué es la raza” se hallaba en guerra con los países germanos. Posnansky atribuía las victorias iniciales de estos países a su superioridad racial, así como explicaba el empantanamiento de la Operación Barbarroja o invasión alemana a Rusia por un factor externo e incontrolable para el ser humano, el invierno nórdico. Por supuesto, no preveía que en 1945 la “raza inferior” ocuparía Berlín y haría flamear su bandera sobre la Cancillería Alemana, mostrando, entre otras cosas, la inanidad de la ciencia racista.
Me parece que esta comparación de las razas puras andinas con otras razas de parecidos rasgos definía la superioridad o inferioridad de las primeras. Se trataba de una inclinación de índole eurocentrista por determinados fenotipos. Aunque Posnansky intentaba exponer sus observaciones de manera aparentemente desprejuiciada, su preferencia por las altas frentes y las narices distinguidas de los individuos que llamaba “khollas” resultaba indudable. En un libro anterior al que estamos comentando, llamado “Antropología y sociología de las razas interandinas y de las regiones adyacentes” y publicado en 1937, Posnansky mostraba que la mujer ‘aruwak’ no cumplía las proporciones corporales ideales o armónicas de una mujer europea.
Establecido el prejuicio, el austro-boliviano lo ‘probaba’ con experiencias que carecían de toda sistematicidad, comparabilidad o rigor, y que, por tanto, estaban muy lejos de poder ser consideradas experimentos. Además, no serían tolerables en nuestra época:
“Si se visita las escuelas rurales indigenales y se separa en las aulas –como yo lo hice– a los niños de tipo ‘kholla’ (braquicéfalos leptorrhinos) de los de tipo ‘aruwak’ (dolicocéfalos, mesorrhinos y platirrinos) y se examina separadamente a cada uno de estos tipos, investigando por ejemplo su reacción al explicar la utilidad de un objeto o la causa y efecto de un hecho, las respuestas que de unos y otros se obtengan convencerán –con toda evidencia– que hay, intelectualmente, razas superiores e inferiores entre los que llamamos ‘indios’; pues los del tipo ‘kholla’ piensan y obran concretamente, mientras que los del tipo ‘aruwak’ lo hacen de forma abstracta” (pág. 19 de la edición de Subterránea Editores, 2021).
La razón por la que Posnansky creía que lo concreto era superior a lo abstracto se me escapa. En todo caso, la superioridad o inferioridad de las que hablaba eran de orden intelectual. Esto no se contradecía con su afirmación de que todas las razas poseían la misma potencialidad corporal y si algunas se atrasaban en este plano, se debía a las circunstancias en las que vivían, a su alimentación, etc. A Posnansky le hubiera costado mucho argumentar la inferioridad corporal de los indígenas, que eran –y todavía son– la fuerza motriz del país.
Los mestizos del cruce entre ‘khollas’ y ‘aruwaks’, que constituían la mayoría de los indios, habían anulado su legado ‘kholla’ con la incorporación de taras ‘aruwak’ y por tanto eran, para él, “retardados”. Al mismo tiempo, afirmaba que su insistencia en hablar de razas superiores e inferiores en Bolivia buscaba “familiarizar, educar, encuadrar al indio con nuestra cultura” (pág. 22). Esta afirmación causa más indignación que otras, ya que implica que la cultura del país era la suya, que provenía de Europa, y no la de los indígenas nacidos en Bolivia.
Las preferencias fenotípicas cumplen luego un papel fundamental en su sistema historiográfico. Por ejemplo, en “Antropología y sociología de las razas interandinas…” interpreta la división en los poblados incas en dos parcialidades, una alta y otra baja, como una expresión de la oposición entre khollas y aruwaks en dichos sitios. Por otra parte, las fortalezas incas sobre el territorio andino formaban, para él, una “muralla china” erigida para separar a ‘khollas’ de ‘aruwaks’, etc….. Tesis de este tipo llenan sus obras. Prueban que las obras positivistas no prescindían de la especulación filosófica y literaria, como esta corriente convenció a muchos de que hacían. En realidad, el positivismo solo le daba al ensayismo y la imaginación otro marco.
Hasta cierto punto es posible decir que Posnansky era un “loco literario”. Un loco literario es un autor de obras intensamente idiosincráticas, tan fascinantes como indignas de crédito, aparentemente científicas pero en el fondo inventadas. Esto no quita, claro, que la apreciación de su obra arqueológica, que no hemos revisado, pueda ser otra.
No es raro que un personaje de esta índole haya sido aceptado y celebrado por la élite nacional de principios del siglo XX, pues esta no pensaba de forma muy distinta respecto a los indios. Esta élite podía aceptar el amor de Posnansky por cierto tipo indígena como una excentricidad sin mayores consecuencias. Por lo demás, la cientificidad que este autor pretendía poseer la complementaba o, al menos, no la disturbaba, ya que llegaba a resultados análogos a las premisas de las que ella partía.
La ideología de la élite había dictaminado secularmente la existencia de razas inferiores y superiores. Desde 1880, la justificación de esta creencia dejó de ser la aristotélica colonial y fue sustituida por el social-darwinismo. En esta fecha René Moreno hizo, en su “Nicomedes Antelo”, afirmaciones sobre los indios muy parecidas a las de Posnansky. Sin apelar a un ‘cubuscraneóforo’ o al tamaño y forma de las narices, amparó de todas formas estas sus opiniones en una interpretación excéntrica y sesgada de la ciencia natural del siglo XIX. Fundó así un tipo de intervención que sería repetido y desarrollado por otros intelectuales de la élite nacional hasta la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, hasta la Revolución de 1952, cuando su reiteración se volvería insostenible. En ese momento los avances científicos, en especial los de la genética, que se iban acumulando desde varias décadas antes, se difundieron en la conciencia mundial, marcada por el impacto de la noticia del Holocausto. En 1948 fue aprobada la declaración universal de los derechos humanos, que afirmaba la igual dignidad de todos los seres humanos, sin importar sus diferencias de color o etnia. En la posguerra, la justificación científica del racismo, de la que Posnansky fue el último portador, perdió toda verosimilitud y relevancia. El racismo mismo, en cambio, permaneció.
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