Zavaleta y la historia (I."La querella del excedente")
Fernando Molina
El argumento histórico del primer capítulo de “Lo nacional-popular en Bolivia” [1] es tan interesante como (relativamente) sencillo. Eso sí, está entrelazado con múltiples inferencias teóricas, las cuales revisten una complejidad mayor. Trataremos de relatar dicho argumento derechamente, introduciendo poco a poco las cuestiones de orden teórico general.
Zavaleta se pregunta por las causas de la contundente victoria de Chile en la Guerra del Pacífico. Esta cuestión es la premisa del capítulo que analizamos. Resulta interesante porque dicha victoria no parece tener una razón materialista, en el sentido economicista reduccionista que era el predominante en el marxismo del siglo XX. En 1879, Perú y Bolivia, coaligados, eran más ricos que Chile. Y Perú tenía más habitantes que su enemigo. En realidad, afirma Zavaleta, Chile quería hacerle la guerra al Perú porque deseaba “ser el Perú”, en el sentido de emularlo, de obtener lo que el Perú ya tenía. ¿Cómo logró imponerse en la contienda, entonces?
Este caso bélico muestra la inoperancia del determinismo económico que se remonta al propio Marx, pese a que generalmente se considera a este menos culpable de tal pecado que sus discípulos: “Marx ha escrito que la guerra no ocurre entre países, sino entre productos brutos”, señala Zavaleta. Encuentra que esta comparación quizá podría sostenerse si se hiciera entre países capitalistas avanzados, y “con reservas”, pero no entre sociedades como las que eran Chile, Perú y Bolivia a fines del siglo XIX. La cuestión no puede depender del tamaño del producto, que es la estadística sobre “la cantidad de la sociedad”, sino de la capacidad que esta tenga para “movilizarlo [al producto] con certeza, rapidez y en el momento oportuno”. No cantidad, entonces, sino una forma –aún no muy bien determinada– de calidad.
En otras partes, Zavaleta ya no habla de “producto bruto”, sino de “excedente”. “Excedente” es, para él, en general, el plus-producto, es decir, la generación económica que supera el consumo. Pero también puede ser un sinónimo de “recursos naturales”, especialmente si se piensa en la riqueza súbita que estos conceden. Pues bien, el desenlace de una guerra tampoco depende del “tamaño del excedente”, sino de “quién lo obtiene y para qué”. Una vez más, calidad antes que cantidad.
Hasta aquí, Zavaleta parece querer decir que lo que cuenta para triunfar (y, como es lógico, las naciones deben triunfar si quieren ser) es la posesión de una economía moderna. Así, señala que la capacidad de una sociedad para la práctica (que nuestro autor llama “disponibilidad”) “es más propia de la subsunción real o reorganización interior o esencial del acto productivo”. En cambio, esta capacidad no es tan propia del excedente, que “se refiere al plusvalor absoluto y a la subsunción formal”. Expliquemos esta antinomia de una manera sencilla: Cuando Zavaleta habla de “subsunción real” alude al capitalismo industrial como tal, a aquel que trata principalmente El Capital. La “subsunción formal”, en cambio, es un estadio previo, en el que ya existe la economía de mercado y el predominio del capital, pero la industria capitalista y sus eficaces métodos organizativos aún no se han generalizado.
Usando a Weber, digamos que ha habido y hay varios capitalismos o tipos de economía de mercado. El que triunfó por sobre los demás y se impuso mundialmente fue la variante noreuropea, basada en la industria. Pero su victoria no ha sido totalitaria. Muchísimas economías están constituidas por mezclas –en distintas proporciones– de capitalismos diferentes.
Zavaleta nos explica, entonces, que si bien todos los países que logran excedentes tienen “disponibilidad” o capacidad de acción independiente, los que se aproximan más al modelo más avanzado de capitalismo y a su manejo correspondiente del excedente poseen una “disponibilidad” mucho mayor.
Con ello, tenemos ya una primera respuesta de Zavaleta a la pregunta que sirve de premisa de su trabajo: Una primera causa por la cual Chile ganó la Guerra del Pacífico fue la de ser, de los tres países participantes, el que tenía una economía más avanzada, más moderna.
Esto no significa que Chile no estuviera enfocado en el excedente –traducido en este caso como el botín– que podía arrojarle la guerra (el capítulo se llama, justamente, “La querella del excedente”). Tampoco que fuera una economía industrial (algo que no es siquiera ahora). Significa más bien que antes de la guerra Chile no se había beneficiado de un excedente tan importante como Perú y Bolivia –y aquí “excedente” es plenamente sinónimo de “recursos naturales”–. Chile había tenido que enfrentar condiciones más duras, una historia más hostil, y esto lo había obligado a organizarse de una manera que luego le daría más disponibilidad. Una vez más: la disponibilidad no depende del tamaño del excedente.
Esta es la versión zavaletiana de la teoría de la “maldición de los recursos naturales”.[2] Quienes más riqueza habían poseído antes de la guerra, quienes habían gozado de condiciones más muelles y aparentemente más favorables, Perú y Bolivia, se habían vuelto más débiles, menos capaces. Esta relación se tornaría contra el propio Chile tras su victoria en la guerra, luego de conquistar el excedente que estaba en juego en ella. Citando a comentaristas de la época, Zavaleta anota que en la guerra Chile se contagió del “mal peruano”. El nuevo excedente y lo que tuvo que hacer y prometer para lograrlo, lo convirtieron en un país más dominado por el imperialismo inglés de lo que era: la suya fue una victoria pírrica. Zavaleta retoma aquí algunas notas de su pasado nacionalista; para él, posee mayor disponibilidad la sociedad que se mira a sí misma, que se conoce (“cada sociedad aprende que conocerse es ya casi vencer”). Y la posesión de un gran excedente puede impedir este conocimiento, puede alejar de las realidades de la vida y del trato con las verdaderas condiciones nacionales; puede llevar a mirar demasiado hacia fuera, a dejar de poner los intereses nacionales por encima de todo.
Tiene esto, como en general las versiones de la teoría de la “maldición de los recursos naturales”, una cierta pátina moral. El que carece de muchas cosas no tiene otra que forjarse a sí mismo, afinando los sentidos, removiendo la grasa y templando los músculos, y la austeridad que aquello le impone, en tanto simplifica sus prioridades, le permite una mayor conexión consigo mismo. En cambio, aquel que lo tiene todo no lo aprecia y se echa a perder en la disipación. Se convierte en ese heredero que, tras enterrar a su padre, rodeándose de malos consejeros, se entrega a gastos excéntricos, se olvida de sí mismo y rompe el vínculo de lealtad con su origen.
Esto se colige de algunos pasajes, aunque Zavaleta trata de atenuar este efecto: “Eso no es un mero razonamiento del Carpediem [carpe diem: aprovechar el tiempo]. El [chileno] que no se adaptaba [al medio hostil] debía perecer”. Es decir, se trata de una reacción generada por la necesidad antes que por la virtud.
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En lo que llevamos dicho ya se puede notar que el vocabulario económico de Zavaleta (excedente, subsunción) está desplazado: no es equivalente al de otros marxistas o al del propio Marx. Muchas veces, con estos conceptos económicos, Zavaleta alude a hechos extraeconómicos, a procesos sociales complejos e integrales, que resultan de la interrelación de la estructura y la superestructura: “Subsunción real” evoca la industrialización, el predominio de la razón instrumental, la individuación, la paradójica condición de la fuerza de trabajo en el capitalismo –que debe ser libre para poder ingresar en el proceso de explotación, en el cual, sin embargo, pierde esta libertad– y varios fenómenos asociados más, algunos de carácter social e ideológico, como la “reforma mortal e intelectual” gramsciana, la cual Zavaleta entiende como un concepto similar al de modernización social. Significa, para él: “el principio de la acción conforme a fines, la transformación del deber ser en la vida cotidiana y la internalización hegemónica de las premisas actuales de lo social”. En otras palabras, la expansión del “espíritu del capitalismo”, en el sentido weberiano. O de la dictadura de la “ilustración”, para usar el léxico de la Escuela de Frankfurt.
“Subsunción formal”, por su parte, evoca a la “sociedad abigarrada”, por oposición al capitalismo avanzado. Veremos más adelante el significado de este importante término.
La característica más resaltante de esta etapa final del pensamiento de Zavaleta (sobre todo de sus obras de los años 80) es su resistencia a caer en la consabida figura doble de una base económica que funciona como causa necesaria y universal, y una superestructura jurídico, político y psicológica que recibe y responde a las determinaciones económicas. Su mirada trata de ser holista y sistémica. Considera lo superestructural, sobre todo el Estado –el cual constituía su preocupación principal–, básico para la “reproducción ampliada del capital”, es decir, para la expansión de la sociedad capitalista (otro concepto desplazado); a la inversa, ciertas formas estatales, señaladamente la democracia, para él dependían de las características del proceso productivo.
Esta extensión del significado de los vocablos económicos marxistas es una de las formas en las que el marxismo de Zavaleta rehúye el determinismo y al dicotomía mecánica base-superestructura.
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Además de refutar que la victoria de Chile en la Guerra del Pacífico fuera explicable simplemente por el tamaño de su producto bruto, Zavaleta rechaza que la suya fuera una victoria heterónoma, es decir, que se debiera exclusiva o principalmente al apoyo del imperialismo inglés. Suponer la heteronomía (es decir, la dependencia absoluta) de las “semicolonias” respecto al imperialismo era otra concurrida forma del determinismo izquierdista latinoamericano en la época en la que Zavaleta escribía. Él mismo había estado en esa posición durante buena parte de su carrera como escritor (véase La creación de la conciencia nacional de 1967). Pero ya no en este momento. Entonces ya había escrito “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial”, artículo de 1983 en el que critica “el punto de vista que considera que la historia es el acto del país central”, mientras que el “país periférico” se limita a la “recepción”, que era el punto de vista expresado en particular dentro de la teoría de la dependencia, en auge en los 60 y 70. Zavaleta se opone al célebre concepto del “sistema-mundo” de Wallerstein, porque este hace hincapié en la interrelación de todas las economías y sociedades del planeta, unificadas por una misma determinación estructural (económica). Según el boliviano, este concepto “inutiliza… todo cálculo concreto de la lucha de clases”. “Si el carácter básico de las formaciones sociales latinoamericanas está dado por la dependencia… entonces… la estructura mundial habría subordinado ya en definitiva a todas las que fueron en su momento historias locales, momentos nacionales”. En otras palabras, a esa altura ya no habría historia latinoamericana o chilena o peruana o boliviana propiamente dichas. Para Zavaleta, tal posibilidad no tiene sentido. Él no niega que exista lo que llama “emisión” imperialista, determinaciones más o menos uniformes que provienen de los “países centrales” y son recibidas por los “países periféricos”. Pero la reacción de estos ante estas “emisiones” homogéneas es, en cambio, heterogénea. Si bien la dependencia de los Estados Unidos funciona “técnicamente” igual en Bolivia que en Taiwán, existen diferencias “ideológicas” en la forma de procesarla por parte de ambos países, que se originan en la historia de los Estados Unidos, de Bolivia y de Taiwán. Estas sociedades tienen distintas “formas primordiales” (es decir, autóctonas), que se comportan de maneras distintas ante las “emisiones”. Igual que Gramsci, Zavaleta rechaza los análisis de la realidad de un carácter puramente deductivo que alimentan estrategias políticas válidas para todo y todos, inalterables. Una batalla cultural exitosa –para el logro de la hegemonía, es decir, de la victoria política– comienza por conocer los factores originales de cada formación social, el perfil de cada clase, las coyunturas de la lucha, en suma, la historia local. “La dependencia misma debe ser considerada en torno a los patrones históricos constitutivos de cada una de las formaciones sociales”, resume.
En el caso de la Guerra del Pacífico, esta concepción lo conduce a afirmar que si el imperialismo inglés eligió a Chile como su ficha ganadora, esto se debió a lo realizado por el propio Chile:
Es cierto, por ejemplo, que en las horas decisivas los ingleses apostaron a Chile y no a Perú y es de aquí de donde se deriva el camelo de una victoria anglo-chilena. En verdad, la conexión dependiente hacia Inglaterra era bastante parecida en Perú y en Chile, con la diferencia paradójica de que Perú era un mercado más promisorio. Con todo, no hay duda de que la política chilena se las ingenió para procurar una política propia en el seno de una estructura dependiente o sea que, en el corte de este momento, se daba un cierto principio autodeterminativo.
Zavaleta piensa que la estructura es dependiente, mientras que en la superestructura se asienta el albedrío (la autodeterminación) social. Por tanto, es posible esta clase de combinación: en el marco de una estructura dependiente, haber, sin embargo, “un cierto principio autodeterminativo”. La estructura recibe lo que viene de fuera, lo “emitido” por los otros, y es “cuantitativa”, mientras que la superestructura (lo cultural) es el aspecto original de la formación social; en ella anida lo cualitativo, lo singular, lo que diferencia al ser nacional de todos los demás; lo que, de este modo, resiste o transforma o aprovecha la emisión exógena. En la estructura, entonces –para acudir a la nomenclatura de Dussel y Echeverría–, predomina el “valor de cambio” y en la superestructura, el “valor de uso”. [3]
¿Y en qué consistió el “principio autodeterminativo” de Chile? “Chile fue capaz de esbozar una política de Estado que no se puede explicar como una mera supeditación activa a los propósitos ingleses”.[4] Esto fue, entonces, lo que le dio a Chile una alta disponibilidad durante la guerra, algo que no tenía que ver con el tamaño de su excedente, el cual más bien era “modesto”. Llegamos así a una causa más de la victoria chilena en el Pacífico. Esta fue la capacidad de este país de desarrollar una “política de Estado”, es decir, de prepararse y movilizarse plenamente en función de la guerra. A su vez, esta capacidad solo puede explicarse en términos históricos, como veremos.
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¿Qué es lo que, en última instancia, diferencia a Bolivia, Perú y Chile entre sí? Ya se ha dicho que las tres sociedades son dependientes, pero asimilan de distinta manera la emisión exógena. Lo que las diferencia son disímiles formas primordiales. Pero, a la vez, estas formas dependen de los “momentos constitutivos” de sus respectivas historias. Es decir, de la manera en que se hicieron históricamente.
Un “momento o patrón constitutivo” es un hecho histórico que reorganiza en uno u otro sentido a la sociedad y forja lo que esta se dice de sí misma, es decir, su ideología. Es siempre un hecho de disponibilidad, es decir, relativo a la capacidad de una sociedad de hacer(se) algo. Y normalmente también es un hecho de autodeterminación, esto es, de capacidad para hacer esto por sí misma. (Todo acto de autodeterminación requiere de disponibilidad; en cambio, no todo episodio de disponibilidad implica autodeterminación). Por ejemplo, la Guerra del Pacífico fue un momento constitutivo para Bolivia, Chile y Perú. Pero solo fue un momento autodeterminado para Chile, mientras que Bolivia y Perú vieron que su disponibilidad (o capacidad nacional) era ampliamente rebasada y apabullada por la de aquel.
Otros momentos constitutivos son las revoluciones, en tanto sucesos que causan “cortes epistemológicos” –para usar una metáfora que Zavaleta seguramente tiene en mente, pero no explicita–. A partir de ellos, ciertas instituciones sociales, cierta autoconciencia nacional, cierta ideología, etc., quedan obsoletas y perimidas. Ya no se habla más de ellas, quedan sepultadas en el pasado, se las ve como un desarrollo trunco, como una posibilidad frustrada o de plasmación efímera e inviable. Por ejemplo, después de la Guerra del Pacífico, toda alternativa de construcción nacional no oligárquica en Chile caducó. O, en Bolivia, el cesarismo militar, gran responsable del lamentable estado en el que el país llegara a la conflagración, también caducó. Y así sucesivamente...
Pero los momentos constitutivos que le interesan a Zavaleta son los que pueden permitirle responder a su pregunta de partida (¿por qué Chile ganó la guerra?), es decir, obviamente, los momentos previos a ella. Estos fueron los que modelaron el núcleo “primordial” de los tres países, del cual irradió la particular forma de estos de reaccionar antes las emisiones externas, así como su mayor o menor disponibilidad/autodeterminación y, entonces, los que preestablecieron uno u otro resultado bélico.
Zavaleta considera que la capacidad de Chile de desarrollar una campaña bélica exitosa, desde la anticipación de su inevitabilidad, pasando por la preparación logística, hasta la movilización total de la sociedad civil en torno al esfuerzo bélico, todo esto que llama “política de Estado”, proviene, justamente, de la posibilidad de este país de contar con un Estado “óptimo” (o un Estado cercano a ser “óptimo”).
El concepto del “óptimo” es constantemente usado por el último Zavaleta, con un significado más bien flexible –como el de muchas de sus nociones–. En “Cuatro conceptos de la democracia” (1981) significa el nivel superior que puede adquirir un país en cuanto a coherencia y articulación de tres procesos históricos: “totalización” (existencia de mercado nacional y de un desarrollo capitalista homogéneo), “nacionalización” (completitud del Estado nacional) y democracia. En el texto que estamos analizado, el significado de “óptimo” se desplaza hacia el de hegemonía estatal. Un Estado hegemónico es el que llega al óptimo o llega a ser un Estado óptimo. Por eso, el concepto es expuesto por medio de una cita de Gramsci, que se refiere a los países que se caracterizan por tener una sociedad civil sólida, organizada en redes de “casamatas” que protegen la ideología estatal de los ataques que pudieran surgir; y por tener un Estado con facultad directiva, es decir, con capacidad de generar consenso (además del dominio coercitivo que resulta común a todos los Estados). Zavaleta cree que esta hegemonía emerge principalmente de una red de “mediaciones” o infiltraciones estatales en la sociedad civil.
El Estado chileno era el único de los tres involucrados en la guerra que se acercaba al óptimo, es decir, que ejercía hegemonía (que describiremos como esa aquiescencia y mudez del pueblo que el prócer chileno Portales rotulara con la frase “el peso de la noche”). Esta hegemonía estatal se originaba en el momento constitutivo del Estado chileno. Tal momento se había dado en otra guerra previa, la librada por la élite colonial en “Arauco”, es decir, contra la nación indígena mapuche. Esta guerra de conquista había diferido grandemente de las que se habían producido en Bolivia y el Perú contra el Incario, porque había exigido que la actuación colonial chilena se centralizara y articulara y se encomendara a una burocracia profesional de carácter militar. Muy tempranamente, en un tiempo en el que en el resto de América la colonización era una empresa privada y no se había producido aún una separación entre el Estado, con sus tareas, y la sociedad civil, con las suyas, la guerra anti-mapuche había dado lugar al nacimiento de un Estado moderno. Paradójicamente, Chile se lo debía a la fortaleza bélica del enemigo que su élite conquistadora tuvo que vencer. Contra los mapuches, esta élite no podía hesitar ni desorganizarse, ya que cualquier fallo a este respecto hubiera significado su desaparición física. Entonces, pese a sus deseos y creencias políticas, debió admitir que el Estado se separara de ella y sus intereses y, más aún, debió subordinarse a la estrategia de este. Era hacer esta concesión o perder la vida.
En cambio, en la Bolivia y el Perú de 1879 la separación entre el Estado y la élite no se había producido. Todavía uno vivía en función a la otra y viceversa. Ambos estaban confundidos o, si se quiere, revueltos. Este tipo de constitución era el adecuado a la presencia previa de un gran excedente. Zavaleta no usa la palabra, pero nosotros podríamos decir que era el resultado de una sociedad rentista. Las élites peruana y boliviana se apropiaban del excedente mediante su simbiosis con el Estado. Así que, a la hora de la guerra, se ocuparon principalmente de sus intereses y le dieron la espalda a sus patrias, lo que dejó a sus Estados descolocados y en indefensión (este es el caso del boliviano Aniceto Arce, que conspiraba por un acuerdo entre Bolivia y Chile, es decir, entre la víctima y el verdugo, en contra de la línea de su nación).
Zavaleta insiste en que perder el Litoral no era algo que a la élite boliviana de fines del XIX le pareciera tan terrible como en realidad era. Esta élite realizaba sus ganancias y su vida con prescindencia de la costa boliviana. Sus intereses no estaban depositados allí. Al mismo tiempo, no había un Estado que trascendiera tal mirada sectorial y egoísta, y se ocupara de las necesidades generales. De ahí que la guerra solo fuera una movilización general, es decir, un hecho nacional, para los chilenos y no para los otros dos pueblos. (Esta afirmación zavaletiana resulta un poco injusta para con los bolivianos que se movilizaron al comienzo de la guerra a fin de contrarrestar la invasión chilena –muchos de ellos miembros de la élite o armados por ella–, pero es exacta cuando se aplica a la inmovilidad boliviana tras la derrota del Alto de la Alianza).
A fines del siglo XIX, a causa del extraordinario atraso de Bolivia y de la explotación masiva de los indígenas, la capa superior constituía la única “sociedad civil” existente. Faltaba mucho para que los sectores populares emergieran como antagonistas de la élite respecto a la constitución de la sociedad civil y la captura del Estado. Esta disputa se daría recién durante el siglo siguiente y modificaría al Estado, pero sin lograr la susodicha “separación”.
Para Zavaleta, la “separación” es el requisito más importante del “óptimo”. Solo si el Estado deja de representar a un sector social y comienza a simbolizar a la nación en su conjunto puede convertirse en un Estado hegemónico. Simultáneamente, solo un Estado con hegemonía tiene disponibilidad/autodeterminación para vencer.
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Hay dos tipos de disponibilidad: La primera es la relativa, por llamarla así; es decir, la que puede conceder la procura y disposición de un mayor excedente (podríamos poner como ejemplo Bolivia en el periodo 2006-2010, cuando la abundancia económica permitió que el gobierno de entonces tomara decisiones que antes el país había considerado imposibles, como nacionalizar a decenas de empresas extranjeras o apartarse del FMI y los Estados Unidos). Pero esta relación excedente-disponibilidad no tiene, como vimos, un carácter necesario. A veces, por el contrario, un mayor excedente puede causar una menor disponibilidad.
La disponibilidad absoluta o autodeterminación es, en cambio, la de índole política, la que proviene de una “ruptura de la rutina” de una sociedad dependiente. En última instancia, se trata de una obra de las masas. La hegemonía de la que carece el Estado por su falta de “separación” –a causa de su modo de constituirse– puede ser reemplazada por la voluntad política de las masas. En tal caso estamos en la revolución.
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A Zavaleta le interesa la Guerra del Pacífico de modo ilustrativo, es decir, al hablar de ella no pierde de vista la problemática que lo desveló a lo largo de toda su vida, que es la problemática de la revolución faltante en Bolivia, causante de su atraso y aislamiento económico, de su carácter periférico en el universo capitalista, de su carencia de “separación” y por tanto de hegemonía y, finalmente, de su falta de de autodeterminación.
En su primera fase marxista (1967-1974), Zavaleta veía esta revolución en términos estrechamente clasistas; se trataba de la revolución burguesa que la burguesía había hecho en Europa y los Estados Unidos, pero que no había alcanzado a realizar en los países atrasados, a causa de la incorporación tardía de estos a la economía mundial, la presencia global del imperialismo, etc. En este su último libro, en cambio, sostiene una interpretación más compleja y plástica de este proceso de transformación, porque ahora las raíces de este, ya lo sabemos, no se hunden en la economía sino en la historia. Ahora Zavaleta está mucho más influido por Gramsci que por el marxismo soviético que lo guiara en la etapa anterior.
Así, prefiere diferenciar entre países que han logrado la “totalización” y países que, en cambio, son “sociedades abigarradas”. Conseguir la “totalización” requiere haber alcanzado homogeneidad en los modos de producción, compactación de la sociedad civil y , finalmente, un óptimo estatal. Lo contrario, el “abigarramiento”, equivale a la dispersión y la mezcolanza de los modos de producción, la fragmentación y la fluidez de la sociedad civil y la falta de separación y de hegemonía del Estado.[5]
Volvamos por un instante, y solo por razones didácticas, al léxico ya abandonado: La “totalización” es la revolución burguesa consumada, ya sea por la “vía junker”, cuando el Estado absorbe a la sociedad, la articula y la homogeneiza, tal como ocurrió en Alemania; o por la “vía farmer”, cuando la sociedad se autoconstituye como una totalidad, por ejemplo en los Estados Unidos.
Zavaleta parece sugerir –aunque no de manera categórica– que en 1879, Chile, a diferencia de Bolivia y Perú, ya había alcanzado su totalización. Con ello tendríamos su última respuesta a la pregunta de partida del texto: ¿Por qué Chile triunfó? Porque, en unas circunstancias históricas muy peculiares y propias, logró hacer su revolución burguesa.
[1] Este texto se basa en René Zavaleta, Lo nacional-popular en Bolivia, México, Siglo XXI Editores, 1986.
[2] Esta teoría se refiere a los efectos negativos de un boom de ingresos por el descubrimiento de recursos naturales no renovables para el equilibrio y la productividad de una economía. Este genera comportamientos rentistas, despilfarro, disputas políticas por el excedente que dividen a la comunidad, y produce élites mediocres.
[3] El capital tomó de la economía política previa esta distinción: toda mercancía tiene un valor de uso, según para qué sirve, y un valor de cambio, según por cuánto puede intercambiarse. Para Marx, la arquitectura del capitalismo reposa íntegramente sobre el valor de cambio.
[4] Con cursivas en el original.
[5] Una de las variedades de la totalización es la “nacionalización”, es decir, la construcción de un Estado verdaderamente nacional. Existen dos acepciones de “nacionalización”: a veces equivale a la existencia de un “mercado general” y, en otras ocasiones, a la de una sociedad consciente de su papel unificado y autónomo en el devenir y la transformación de su historia (en suma, con conciencia nacional).
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