Sobre una crítica a Nico Tassi
Fernando Molina
El viernes 3 de marzo participé en un taller (CIDES/IDIS) en el que se debatió la última investigación de Nico Tassi, que es el más importante estudioso de las formas de la economía popular boliviana. Junto con Fernando Rabossi, esta vez Tassi aborda el fenómeno de la expansión de algunos de los circuitos comerciales alteños mediante el establecimiento de relaciones directas con ciertos proveedores globales chinos. Lo interesante de este fenómeno se halla en que estos negocios combinan su fuerte raigambre cultural y social local, que los hace diferentes de los establecimientos comerciales regulares, con su inserción en determinados mecanismos de la globalización. La investigación es más amplia y abarca diferentes países, pero la disección de la experiencia alteña es el núcleo de la misma, por lo menos hasta donde pude colegir. Tassi hace una etnografía de estos comerciantes populares globales y se interesa especialmente en su forma de apropiación de ciertas posibilidades de la coyuntura económica mundial (las peculiaridades del capitalismo chino, las potencialidades que abre la disputa con Estados Unidos). Estos emprendimientos se adaptan a lo global sin perder sus rasgos tradicionales (trabajo familiar, relaciones de confianza personal, aprovechamiento de los intersticios mal regulados del orden legal, contrabando, etc.) al mismo tiempo que generan un tipo de demanda que, apegada las características culturales y económicas de sus mercados, está fuera de los radares de las grandes compañías trasnacionales. Con ello, se sostiene, emerge una “otra globalización” que es necesario entender y a la que se debe hacer seguimiento. Las implicaciones de este fenómeno son múltiples, desde la cuestión política de la transformación de las “hormigas” de la globalización — los contrabandistas— en sujetos económicos con cierta autonomía y agencia, hasta sus posibles negociaciones con la formalidad. Y, por supuesto, la cuestión —que característicamente interesó mucho en el taller del que habló— de saber “qué son” estos agentes, salidos desde abajo, de la globalización.
La presentación de Tassi despertó un tipo de crítica que me interesaría comentar. Como en el taller yo solo era oyente, lo hago por escrito.
Se cuestionó que Tassi siguiera llamando a los personajes de su estudio empresarios “populares” o que hablara de “economía popular”. Se preguntó qué significaba este adjetivo en concreto. Se señaló que, en realidad, se trataba de grupos altamente jerárquicos que se asemejaban fuertemente a la burguesía comercial europea de los albores del capitalismo (mismo espíritu de aventura, etc.) Que llamarlos “populares” los volvía “subalternos” sin motivo. También se señaló que, como es sabido, el capitalismo absorbe las formas productivas que encuentra a su paso y que el capitalismo siempre ha estado en su mayor parte compuesto de pequeños negocios, los cuales siempre son familiares, etc.
Esta crítica procuraba reducir el grupo social que estudia Tassi a una clase social en el sentido marxista. Digo “reducir” porque esta operación implicaría la pérdida de la singularidad de este grupo (sería solamente “más capitalismo”, como señaló Nico en su réplica). La definición marxista de clases sociales es económica, depende del papel de estas en el proceso productivo, y por tanto deja de lado muchas características de otro tipo, culturales, tradicionales, ideológicas, de los grupos sociales.
Además se apelaba a un marxismo eurocentrista. Un marxismo que no toma en cuenta al Marx de las “formaciones precapitalistas” o desarrollos como el de Zavaleta respecto a la combinación de modos productivos en una sola formación social, el famoso “abigarramiento” de sociedades como la boliviana. En efecto, si bien los comerciantes de marras son capitalistas en cierto sentido, no lo son en otro. Capitalistas y fuerza de trabajo al mismo tiempo, no concentran ni dividen racionalmente el trabajo (su trabajo no es social, en el sentido marxista), etc. La relación de estos con el capitalismo que Tassi y Rabossi están tratando de describir es en realidad una relación de “subsunción formal”, concepto de “El Capital” que interesaba mucho a los marxistas latinoamericanos.
Saliendo de este universo teórico, digamos que el concepto de “economía popular” es útil porque permite referirse a las diferencias no económicas sino CULTURALES (en el sentido de formas de reproducción de la vida) de los grupos en cuestión. En realidad, este concepto (“popular”) ha sido trabajado fundamentalmente en el contexto de los estudios culturales, justamente en pugna con el reduccionismo marxista tradicional.
En el caso boliviano, no hay que perder nunca de vista que estos grupos siguen siendo subalternos, no importa la cantidad de dinero que hagan o cuántos operarios tengan, porque son indígenas. En general, no hablando ya solamente de Bolivia, se trata de personas que han ocupado un lugar subalterno o marginal en la socialización “mainstream” basada en una cultura eurocentrista, castellano hablante, codificada de acuerdo a realidades que son distantes y desconocidas para los “populares”. Y que por eso no pueden competir con los criollos o con las burguesías establecidas de sus países, de modo que buscan enriquecerse —y solo pueden enriquecerse— en los intersticios semi-ilegales del capitalismo “abigarrado” de nuestros países.
Volviendo a Bolivia, hay que notar que solo en estos espacios “clandestinos” —contrabando, loteamiento, minería ilegal— es que los indígenas han podido pasar de ser mera fuerza de trabajo a ser capitalistas populares. El adjetivo, en este caso, marca también sus límites. La otra globalización nunca va a ser más fuerte que la globalización regular. Estos límites no los dejan escapar de la subalternidad.
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