Crisis hegemónica en Bolivia

 Fernando Molina

 

1.    La coyuntura que vivimos está marcada por la progresiva disolución de un largo momento de hegemonía política. (Entendemos “hegemonía” como la articulación principalmente consensual, con auxilio coercitivo, de las principales demandas de la sociedad dentro de una misma matriz ideológica, la cual las contiene y les da sentido unitario; y también entendemos hegemonía como el acatamiento de la mayor parte de la sociedad a la autoridad de determinados mecanismos catalizadores y organizadores de la voluntad política general; en nuestro país, siempre, centralmenteun caudillo. Si la hegemonía es articulación y acatamiento, si es una fuerza centrípeta, la crisis hegemónica consiste, por el contrario, en desarticulación y disenso, es una fuerza centrífuga).   

2.  La hegemonía que hoy declina paulatinamente es la que fuera ejercida por muchos años por la ideología y el orden político masistas (vamos a simplificar así algo que en realidad es más complejo). También decae la hegemonía ejercida por el caudillo Evo Morales. A lo largo de toda la historia del país, la salida o el eclipse de un caudillo político de cierta importancia precede a una etapa de caos y fragmentación política, que puede durar poco o mucho, pero que se prolonga hasta que aparezca otro caudillo dominante. Esto muestra la importancia de los caudillos en las diferentes formaciones hegemónicas que se han ido dando en el país. 

Puesto que Morales fue un caudillo de mucha importancia, el más fuerte en 50 años y uno de los más poderosos de la historia, no será fácil que la sociedad le encuentre un reemplazo; es posible, por tanto, que el desmoronamiento de su hegemonía y la de su partido sea lenta y prolongada. Su sustitución se torna más compleja por el hecho de que Morales todavía está activo en la política boliviana. Por las razones que describiré más adelante, me parece imposible que vuelva a ser un caudillo hegemónico, pero eso no debe hacernos perder de vista que todavía simboliza un conjunto de causas y expectativas, y también despierta ciertos recuerdos; por eso su presencia en el escenario genera inercias que dificultan la transición hacia una nueva hegemonía.

3.    ¿En qué consiste la crisis hegemónica? En tres clases de procesos: uno, procesos de desarticulación del sujeto político creado por la interpelación de una ideología hegemónica; dos, procesos de disenso entre las expresiones políticas que encarnan la hegemonía: el gobierno, el partido y el caudillo; y tres, procesos de bloqueo de la capacidad de reproducción de la formación hegemónica. Mi documento consistirá en la explicación de estas tres clases de procesos, aunque, como ellas están estrechamente ligadas entre sí, no seguiré un orden analítico, una por una, sino un orden sintético, que las combinará en una sola argumentación.

4.   El MAS y Evo Morales lograron ser hegemónicos porque crearon un sujeto social, es decir, un “pueblo”, mediante la articulación jerárquica de una gran cantidad de grupos sociales. El eje de esta articulación fue el movimiento indígena. Esta construcción, como toda elaboración hegemónica, cambió el semblante de la sociedad; podríamos decir que por un tiempo pasamos de la metáfora de “archipiélago social” a la metáfora de “pueblo”. En el momento de mayor irradiación hegemónica, este “pueblo” incorporó incluso a segmentos importantes de la clase media tradicional. Estos segmentos fueron los primeros en abandonar el bloque masista en dos oleadas: por el conflicto del TIPNIS en 2011 y por el caso Zapata y la obsesión reeleccionista de Morales en 2016. Un año después, varios sectores de la clase media emergente también abandonaron el bloque dominante por la habilitación forzada de Morales a una cuarta postulación. Hagámonos la siguiente pregunta: ¿cómo pueden describirse estos cortes en la hegemonía que tienen como resultado el desprendimiento de sectores antes incorporados y que después de cada corte quedan apartados de la formación dominante, como si esta fuera objeto que se rompe y pierde fragmentos? Definiremos estos cortes –y esta definición es muy importante– como la aparición de nuevas demandas insatisfechas que interpelan al orden político existente: en el caso del Tipnis, fueron demandas ambientales, una nueva generación de planteamientos sociales emitidos desde abajo; en el caso del 21F, fueron demandas democráticas (como alternancia presidencial, como circulación de las élites políticas) que enarbolaban las clases medias y que resultaban incompatibles con el modelo de hegemonía del MAS (pues en este, la figura de Morales era imprescindible). Entonces, el factor causal de la progresiva disolución de la hegemonía masista ha sido la incapacidad de esta de ir respondiendo a las nuevas demandas que han ido apareciendo conforme la sociedad ha ido avanzando; conforme nuevas formas de vida social han ido aparecido; conforme los grupos sociales se han ido adaptando a los cambios que se les presentaban; conforme los han ido interiorizando o, en cambio, los han ido resistiendo y combatiendo.

Se trata de una desagregación continua. En los días actuales vemos cómo se siguen aflojando los lazos que cohesionaban al pueblo masista, esta vez por la incapacidad del modelo hegemónico en crisis para responder a una nueva categoría de demandas que ha emergido recientemente de la adversidad económica del país, del agotamiento de los yacimientos de gas y de los efectos sobre las cuentas nacionales de la crisis mundial detonada por la guerra en Ucrania. Y esta tendencia continuará. Mientras menos posibilidades tenga la hegemonía masista en crisis de resolver las demandas de estabilidad financiera y dinamización de la economía que con el paso del tiempo probablemente se harán más perentorias, más crítica será la situación de esta hegemonía.

Al cabo de esta trayectoria de desagregación, tenemos como resultado un nuevo cambio de la apariencia social, que es una reversión del primer cambio ya mencionado: hoy nuevamente no hay un pueblo, lo que hay es un archipiélago de grupos que se mueven en diferentes direcciones. Creo que este fenómeno es el más epidérmico, el más patente de la crisis hegemónica actual: ni siquiera las instituciones estatales siguen una orientación común; algunos órganos del Estado, como la justicia, por ejemplo, tienden a actuar como corporaciones disgregadas del Estado. Las corporaciones como tales, es decir, las organizaciones sociales, se dividen. Los miembros de estas corporaciones, de las instituciones, de los partidos, se convierten en una suerte de “corporaciones individuales”. Esto explica el auge de la corrupción y el oportunismo políticos. La atomización del consenso, la fragmentación acelerada del acatamiento, son las características más destacadas de la presente coyuntura.

5.    Desde fines de 2017, el MAS dejó de hegemonizar a la mayor parte de las clases medias, que posteriormente serían mejor interpeladas por otras ideologías y otros posibles caudillos, lo que no impediría que, eventualmente, ciertas cantidades de miembros de estas clases volvieran a votar por el MAS. El voto no necesariamente representa una relación hegemónica. Más bien al contrario, el voto que más frecuentemente se emite es aquel que se limita a representar un alineamiento táctico del elector con determinado partido y con determinado dirigente. Para que exista una relación hegemónica entre el centro de dominio y el elector, deben compartir ideología. El segundo, el elector, debe adherirse a unos determinados discursos de interpretación del mundo social emitidos por el primero, el centro de dominio, y también debe sentir una confianza no táctica, sino estratégica, en un caudillo. Esto significa que debe haber un acatamiento claro a la autoridad de este. En las elecciones de 2020, el MAS obtuvo sin Morales una victoria con el 55% de los votos, pero una buena parte de esta votación fue táctica, no mediada por una relación hegemónica, a diferencia de lo que había ocurrido en los comicios de 2002, 2005, en el revocatorio de 2008 y en el referendo y las elecciones de 2009. 

6.    Al salir la clase media tradicional del campo gravitacional del MAS en 2017 y adelante, se produjo un bloqueo de la capacidad expansiva y reproductiva de la hegemonía masista. Para comprender esto, debemos tomar en cuenta que la forma en la que toda hegemonía política se expande y se perpetúa es al institucionalizarse, buscando convertirse en hegemonía cultural. Simultáneamente, hay que tener en mente que una nueva ideología solo se implanta en la educación y los órganos de cultura nacionales, esto es, solo se vuelve universal, por medio y gracias a los intelectuales, que son los operadores culturales por excelencia. De ahí las dificultades culturales del MAS, porque los intelectuales son parte de los sectores medios tradicionales que, si bien se sometieron en un alineamiento táctico con Morales al comienzo del periodo, se distanciaron de él primero que nadie.  Por otra parte, el MAS nunca desarrolló una política específica para conservar la influencia que había logrado inicialmente sobre los intelectuales. Posteriormente, no se esforzó en intentar conquistar a nuevos grupos de analistas, periodistas, escritores, artistas, académicos, etc. Al contrario, abordó la tarea de la institucionalización de su hegemonía por medios fallidos, como la reforma chapucera de la currícula educativa, intentada sin haber logrado ciertos consensos con los maestros, que son los intelectuales populares de un país. Ni los maestros ni los docentes universitarios estuvieron hegemonizados por el MAS por mucho tiempo. Lo mismo pasó con el resto de los intelectuales que se desplazaron junto con los sectores de la clase media tradicional en el movimiento de alejamiento de la hegemonía que hemos descrito anteriormente. Su condición de clase, es decir, su pertenencia a una clase que en la sociedad boliviana es claramente dominante, permitió que los sectores medios escaparan rápidamente de la presión hegemonizante del MAS.

7.    El baluarte de los sectores medios es Santa Cruz, que, por razones históricas que se remiten al nacimiento del país y antes, posee un modelo hegemónico propio (cuyos alcances, sin embargo, se restringen a los límites de este departamento). En el periodo 2003-2009, la formación hegemónica cruceña interfirió con la formación de la hegemonía masista; posteriormente, de 2010 a 2015, la hegemonía cruceñista fue parcialmente engullida por el campo gravitacional de Evo Morales, lo que ocasionó fuertes perturbaciones en ella. Estas darían lugar a la aparición del camachismo, que emergió en el momento en el que el coeficiente de atracción del MAS se debilitaba por las maniobras reeleccionistas de Morales. El camachismo radicaliza las demandas regionalistas de Santa Cruz y agudiza el antagonismo entre este y el centro hegemónico, lo que, obviamente, limita el alcance total de este. 

8.    Esta obsesión reeleccionista ha sido el principal “corte” en la hegemonía masista o, dicho de otra manera, el principal daño a su estructura, un impacto debajo de la línea de flotación. Creó las condiciones para su derrota, que en su momento creímos se iba a dar de manera directa, tras la caída de Morales, pero que, como los acontecimientos siempre son más complicados y sorpresivos, dio un largo rodeo cuando la nueva hegemonía que debía eclosionar en el gobierno de Jeanine Añez no cuajó. Expliquemos esto brevemente. 2019 fue el principal hito de la crisis hegemónica de la que estamos hablando, el hecho que la tornó irreversible. De una manera que no es frecuente en la historia, las clases medias irrumpieron en la política para cambiar el modelo hegemónico durante los diez años anteriores. La acumulación ideológica y la articulación antimasistas llegaron a niveles muy elevados, pero la falta de un caudillo o una caudilla que las encarnara, este aspecto personal de la hegemonía que por múltiples razones históricas es fundamental en Bolivia, y la debilidad cuantitativa y cualitativa de la nueva matriz ideológica que se propuso en sustitución del pensamiento masista, desbarataron la naciente construcción de una nueva hegemonía. Pese a ello, este movimiento impidió que un elemento clave de la formación hegemónica masista, el caudillo, pudiera volver de inmediato a ocupar el sitio que ocupaba. Esta ausencia desencadenó una serie de hechos que terminarían en la situación actual de implosión de la hegemonía e inminente derrota política que rodea al MAS y a Morales. 

Los hechos que se siguen de la imposibilidad de este de candidatear nuevamente en 2020 se sintetizan en el siguiente concepto: la desarticulación entre los tres aparatos de hegemonía del MAS, el gobierno, el partido y el caudillo. En la etapa de post-crisis, el gobierno se ha autonomizado del partido, las organizaciones sociales se han divido entre la lealtad al partido y la lealtad al gobierno, y la figura del caudillo se ha tornado bicéfala, pero de un modo que no admite coexistencia y menos colaboración entre las dos cabezas existentes. 

Este resultado no es casual y podía haberse anticipado a partir de dos datos: la existencia de reelección y la naturaleza caudillista del sistema político boliviano. En las entrevistas que concedió a la prensa internacional tras convertirse en presidente, Luis Arce repitió que él iba a tener el control total de su gobierno, es decir, que no iba a ser títere de otros. El cumplimiento de este deseo le exigió convertirse en un líder con proyección propia, porque, de lo contrario, el gabinete y el gobierno no le hubieran respondido a él, sino a Morales. Así funciona un sistema político caudillista. En Bolivia, el ascenso de los políticos no se debe principalmente a sus logros personales, sino a su lealtad para con la persona que puede darles o quitarles una posición. Siendo además un país con reelección, esta persona no solo es la que ocupa el poder, sino la que puede reproducirlo. Cuando esta doble función se encarna en dos hombres distintos, como excepcionalmente podía ocurrir con el arreglo al que aparentemente llegaron Arce y Morales en el exilio mexicano: Arce para el periodo 2020-2025 y Morales otra vez para el periodo siguiente, en ese caso se introduce una ambigüedad desconcertante, que es incompatible con el sistema caudillista. Para poder controlar efectivamente su gobierno, como quería, Arce necesitaba, casi inevitablemente, antagonizar con Morales y proyectarse más allá de 2025. La única forma de evitar este desenlace, que fue protagonizado por Arce pero podía haberlo sido por cualquier otro jerarca masista, era eternizar a Morales en el poder, a la manera de algunos regímenes africanos, lo que fue bloqueado por la sociedad; o institucionalizar al MAS, lo que ni este partido ni mucho menos Morales estaban dispuestos a hacer. En un sistema caudillista no interesa que la hegemonía adquiera una alcance de largo plazo si esto no beneficia personalmente a un grupo de poder.

La desarticulación entre los aparatos hegemónicos del MAS o, dicho de forma más sencilla, la división de este partido, es el mayor desafío a su hegemonía y probablemente termine por sepultarla.

Sin embargo, si bien es posible y además muy sencillo prever el fin de una formación hegemónica, ya que todos los constructos sociales tienen un tiempo de duración o, como dijo Goethe, “merecen perecer”, otra cosa es saber si este fin será en 2025, años más tarde o incluso en una década. Si el último golpe de pala para enterrarla lo dará Arce o Morales. Y cuáles serán los costos económicos, políticos y psicológicos para el país. La hegemonía no depende de un solo factor, como hemos visto, sino de la capacidad del modelo hegemónico de responder demandas en varios planos. Esta capacidad, hasta cierto punto, puede renovarse. Una crisis económica debilita a una formación hegemónica, pero no basta para tumbarla, como hemos visto tanta veces en la historia. Hace poco se cumplieron 50 años del golpe de Pinochet en Chile. Es obvio que este golpe no hubiera sido necesario si la crisis económica que administró desafortunadamente el gobierno de Allende habría sido suficiente para desestabilizar completamente la hegemonía revolucionaria que había surgido a fines de los años 60 en ese país. También hay ejemplos de hegemonías institucionalizadas –o quizá sea mejor decir osificadas, porque generalmente se dan en contextos no del todo democráticos– como la del PRI de México, que duraron 70 años. Pero este no es el caso de Bolivia; como hemos visto, el MAS desestimó la institucionalización de su poder. 

Una cuestión aún más difícil de anticipar es qué nueva hegemonía se articulará tras la derrota del MAS, si se dará tras un movimiento pendular y excluirá todo vestigio de la ideología saliente y reflejará las novedades ideológicas del momento, por ejemplo el libertarismo o el bukelismo, como es frecuente en la historia boliviana, o si se desenvolverá con cierta continuidad con el pasado, en caso de que se aprendiera de la experiencia del gobierno de Añez y se procurase interpelar a un nuevo sujeto político más amplio; es decir, se buscase una hegemonía de más largo plazo, que fuese susceptible de institucionalizar.

Todo dependerá por supuesto de la política, que siempre introduce en el mundo social el misterio de lo que no es estructural, el misterio de los sujetos. 

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