El loco Reinaga
Fernando Molina
En los últimos meses he presenciado o leído varios ataques intelectuales al escritor Fausto Reinaga, fundador del indianismo. Esta es la temporalidad de la ideología, que ha cambiado mucho desde cuando el MAS era todavía una fuerza cultural a considerar (aunque nunca hubiera sido hegemónica en el campo cultural) y el Estado imprimía las Obras completas del “Amauta”. Algunos de esos ataques eran “discursos de verdad” que, en nombre de la ciencia empirista de uso, y ex catedra, descalificaban el pensamiento reinaguista: “es plagiador”, “hace pelear”, “no representa la verdadera realidad indígena”, “es racista al revés”, etc. Estas intervenciones ideológicas suponían que, puesto que el mundo social es trasparente, los profesionales de las ciencias sociales poseen la verdad sobre él y, por tanto, están en condiciones de determinar cuáles son los discursos equivocados e indeseables, y proceder a su expulsión del “bien pensar”.
El concepto “racismo” ha sido proscripto del saber científico de la misma manera.
Otros ataques incluso iban más allá, ya que acusaban a Reinaga de loco. En realidad, primero habría sido responsable por acción u omisión de la muerte de unos niños y luego, por lógica consecuencia, aunque la palabra no fuera mencionada, es loco.
Tomémonos la pregunta en serio. No me refiero a la pregunta de si Reinaga es “empíricamente” loco, que probablemente sea la única valiosa para los académicos absorbidos por la ideología APA (referencias al discurso de verdad / psiquiatría)... Un psiquiatra muy especial, Jaques Lacan, escribió que “todo el mundo está loco, porque todos deliramos”. La pregunta que nos interesa, entonces, siguiendo a Lacan, no es si Reinaga es loco, sino cuál es la forma y el alcance de su delirio.
Reinaga en efecto esquivaba la realidad, la distorsionaba con gesto paranoico. Uno tras otro, sus libros daban testimonio de persecución y megalomanía. Claro que si la realidad le hubiera bastado, solamente la habría reproducido. Habría repetido la realidad que hasta a él hubiera llegado, es decir, el discurso dominante de la élite criolla. Hubiera seguido siendo dicho por este discurso, como todos los bolivianos, en lugar de lo que hizo, que fue darse cuenta de que era el discurso del Amo. Tal es la peculiaridad del delirio de Reinaga que se carga de significado político. Su paranoia impide que el discurso y el deseo del Otro, del Otro Criollo, determinen sus palabras. Detrás de su síntoma está la verdad que no pertenece a un discurso de verdad.
Como planteaba el psicólogo Michelle Foucault, el loco es el “otro” de la sociedad moderna. (Igual que el indígena es el “otro” de las sociedades coloniales). Por tanto, el loco es también el otro del Amo; es el que está entregado a su propio inconsciente y, por tanto, no puede ser dicho por el discurso social. El loco es inaccesible, está más allá del alcance de la ideología APA, que quisiera reducirlo a la pasiva recepción de medicamentos, confinamientos y denuncias policiales.
Solo un loco podía haberse enfrentado al sempiterno y todopoderoso discurso criollo boliviano. O, como Reinaga diría, al discurso del “choleaje”. Ya que ya estaba loco, no tenía que temer que la ulterior represión de su rebeldía, su envío seguro al ostracismo, lo enloqueciera. Solo un loco podía haber exclamado: “ustedes son los amos, nosotros los esclavos que queremos ser amos, ponernos en su lugar”. Ya se sabe desde Hegel que la lucha entre el amo y el amo, así sea el amo potencial que viene saliendo de la esclavitud, es una lucha a muerte. Pero también está el esclavo que se satisface con su esclavitud, la goza. Al mismo tiempo espera la muerte del Amo, porque es el acontecimiento que puede liberar su subjetividad. Está castrado, no porque le falten órganos sexuales, sino porque carece de deseo propio; su deseo “es el deseo del Otro”. Reinaga, en cambio, sí manifestaba su propio deseo, lo que significa que no estaba castrado. Los que sí están castrados, es decir, quienes se despojan de todo deseo de sí mismos, ven esta búsqueda de un deseo propio como locura.
Quizá dirán que Reinaga comenzó amando a Paz Estenssoro y terminó idealizando a la dictadura militar de 1980 por unos pesos. Y desde la superioridad de esta constatación “empírica”, podrán arrumbar el pensamiento de Reinaga en el asilo y asegurar así la palabra que niega el racismo como la última palabra.
Alejándose del delirio de Reinaga, aunque sea de manera inconsciente, las élites indígenas contemporáneas y cierto indianismo light ya no denuncian el discurso dominante como el del Amo; solo quieren ser dichos por ese discurso sin discriminación, es decir, de manera universalista. Quieren compartir el goce del Otro: su goce racial y económico. “Seamos menos locos; dejemos la paranoia, el delirio de grandeza, el careo con Sócrates, el concepto ‘racismo’. Hagámonos más ricos y universales”. Este es el discurso light del indianismo que confluye en el discurso del Otro (es este discurso por un medio diferente).
Todos estamos inscritos en el discurso del Otro. Una vez un español me dijo que “Bolivia no se entiende”. Tal afirmación significaba, claro está, que este español no entendía su propia creación. Bolivia es resultado del “cholaje”, que no es otra cosa que la interiorización del discurso del Amo Español, que representaba el odio contra el propio sujeto que lo interiorizaba. No debe extrañar que de ello saliera un producto tan “complejo”. Todos somos locos. Solo que nuestro delirio consiste en creer que el Amo compartirá su goce racial, en creer que el Otro no nos dirá, sino que será dicho por nosotros. Delirio. Nuestro delirio es esperar sin deseo propio y con paciencia sacrificada la muerte del Amo (que nunca morirá).
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